Un padre debería ser el primer límite del mundo.
No para estancarse,
sino para saber hasta dónde uno puede extenderse.
En su mirada se aprende,
si la mera existencia de uno es suficiente
o si debe justificarse.
Cuando esa afirmación existe,
la duda no gobierna.
Podrá equivocarse,
pero no se entregará por miedo.
Cuando falta, en cambio,
la vida se vuelve una búsqueda sin nombre.
No sabe exactamente qué necesita,
solo sabe que algo no está firme.
Entonces empieza a aceptar presencias a medias,
palabras incompletas,
manos que no se quedan.
No por ingenuidad.
Sino porque el vacío pesa.
El ser humano prefiere una caricia breve
a ninguna.
Prefiere sentirse elegido un instante
a no sentirse visto.
Y así lentamente aprende a reducir su medida, su espacio.
A acomodarse.
A llamar destino
a lo que solo fue ausencia.
Un padre debería enseñar
que el valor no depende de quien lo mire.
Que no aceptar menos
no es dureza,
sino fidelidad a su propio ser.
Pero cuando esa lección no llega,
Uno tiene que descubrirlo solo.
Y ese descubrimiento
No llena el alma, no retumba en uno, como lo hubiera esperado.
Es silencioso, casi hueco.
Ocurre un día en que uno decide
no inclinarse más.
No porque ya no tenga miedo,
sino porque entiende
que existir
no debería sentirse
como estar pidiendo permiso.
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