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Un día sin luz.

Sole V.

May 11, 2026

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En esta ciudad la luz se corta a cualquier hora, en cualquier momento. Esta vez el culpable fue un camión; se imaginarán la situación. La penumbra, aunque era de tarde, me dio el empujón hasta mi cama. Dormí la siesta, me di el lujo de la siesta. El camión no solo se llevó los cables: ató con fuerza a ellos mi hoja de ruta para un día perfectamente planeado. Pronto me quedé sin batería en el celular, parece que comienza otro juego cuando eso pasa. En el fondo lo disfruto, porque me da paz no estar pendiente del teléfono, así que voy hacia esa dimensión paralela que tengo tan poco explorada, poco conocida, esa dimensión donde no existe celular, no hay nada que mirar, que esperar. A veces me asusta lo que voy a pensar en la soledad, la oscuridad, en la calma del barrio siempre ruidoso, pero que, cuando se corta la luz, guarda silencio y solo lo interrumpe para festejar cuando se restaura el servicio. Abrí las ventanas de mi habitación, estamos en enero, la temperatura es agradable después de las seis de la tarde, además sopla un viento generoso. Tendría que estar haciendo cosas, pero puedo reprogramar el cronograma de estudio, que además nunca cumplo. Recuerdo mis resúmenes, la letra monótona, no puse colores, están tan aburridas esas hojas, se parecen a mí: aburrida. Pero bueno, ya retomaré el plan...¿hay plan? Hay plan, y lo repaso. Absurdo. Pienso que, si llega más trabajo y tengo que posponer el estudio, lo voy a hacer. No me doy el lujo de rechazar trabajo. Nunca. El día sigue. Me bañé con una vela sobre el inodoro. Comí pizza a la luz de las velas. Le hablé a mi perro, hice un monólogo explicándole lo malcriado que era. O, con las palabras que usé exactamente en ese momento, era un perro respetado, respetado en sus gustos y necesidades. Que suena muy distinto a ser malcriado, él es respetado. Después llevé mi vela a la habitación, de esas aromáticas. La apoyé sobre el escritorio y, acostada con la mano extendida, jugué a adivinar a qué altura el calor empezaba a molestar en la palma de mi mano. Después quise leer, quise saber si con esa vela podía ver. Y sí, leí "El ruido de las cosas al caer ". Al principio leía y no entendía nada, no me sorprende, me pasa siempre con cada nueva lectura. Pero recuerdo las palabras del único profesor que toleraba en la secundaria, el de literatura, ¿Goyeneche?. No recuerdo sus palabras textuales, pero decía que, si no entendíamos lo que estábamos leyendo, teníamos que seguir igual, leer y leer. Y es verdad, hasta el día de hoy funciona, en algún momento las palabras en esos libros toman sentido y empieza lo bueno. Me gustó la lectura, tuve un poco de congoja, me sorprendió conocer bastante acerca de Bogotá, los trancones, la llegada de la noche a las seis treinta y otras cosas. Dejé el libro con cuidado en el escritorio, después la velita, que a esa altura estaba sobre mi panza, en un peligroso equilibrio porque quería leer en la cama. No sé qué hora era, todavía sin celular, no quería saber tampoco. Juego de nuevo con la vela y el calor en la palma de la mano. Consciente de que tengo sueño y no voy a dormirme sin antes apagarla. Mientras los mosquitos me molestan demasiado y me pierdo en la forma del recipiente de vidrio que contiene la vela, recuerdo la vez que regalé una vela con aroma a alguien especial para mí. Increíble cómo lo había olvidado. Pienso si la conservará, si pensará en mí si es que la enciende, o si estará olvidada, en algún tacho de basura, o sin uso, perdida, rota, llena de polvo, mugre, pelusa producto del abandono. Se habrá terminado? Y ahora el recipiente es una caramelera. Pienso en la persona, en la vela, el aroma que ya no recuerdo, pienso en la forma del recipiente que elegí solo porque me gustaba a mí. Pienso y por algún motivo me angustio. Pienso mientras miro la vela ir y venir, y el calor en la palma de mi mano. Hasta que me hago mal, parece que en todo sentido y me quemo, la mano y el recuerdo, me detengo. Recién la leí, esa frase en el libro que quise escribir porque sentí que guarda una verdad que toca admitir: "me sorprende también con qué presteza y dedicación nos entregamos al dañino ejercicio de la memoria, que a fin de cuentas nada trae de bueno y solo sirve para entorpecer nuestro normal funcionamiento". Pienso que esa persona que regaló esa vela ya no está, no existe. Pienso que recordar hace mal.

Sole V.

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