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06:20. primera hora de la mañana, con una temperatura ligeramente baja tras una temporada de calor sofocante. Amo el otoño que se anuncia dejando caer las hojas de los árboles como los predicadores puerta a puerta que entregan folletos, o más bien "trataditos" como los conocía desde chico. Acabo de terminar mi turno de doce horas en la metalúrgica. Algo que nunca entenderán los que legislan por nosotros desde arriba en un despacho climatizado y un mate de 10 litros en el escritorio: doce horas de trabajo sumado a dos horas de viaje de ida y dos horas de viaje de vuelta. Últimamente me siento una criatura liminal, autóctona de los No-Lugares, como diría Marc Augé.

Extraño mi casa. A mi familia, a mi papá que no lo veo en toda la semana aunque vivimos en la misma casa porque tenemos horarios contrarios. Extraño a mamá que ya no está. El mes que viene será mi cumpleaños, y para colmo del duelo, tan solo cuatro días después del mío, llegaría su cumpleaños. En Junio se cumple un año desde que el cancer nos la arrebató. Después de 20 horas despierto y 16 horas afuera, a veces me olvido y se me escapa un: "ya llegué, ma" que hace eco en una casa vacía. Como un paraplégico que ve una pelota rodar hacia él y automáticamente piensa en pegarle de tres dedos al ángulo pero los pies no responden. O los amputados, que aún pueden sentir la parte que les falta. Pero el duelo es también el recibo que demuestra que sentiste y amaste.

El horizonte es un crescendo que comienza sobre un lienzo cremoso, como una nata, y se desvanece en un tono lila azulado, casi como lavanda o nenúfares en un estanque. Voy en el primer colectivo de los dos que tengo que combinar para volver a casa. Coches, camiones, motos y otros colectivos corren a mi lado como una manada de gacelas. Siempre pienso en el bondi como una mitocondria, pues contiene a la clase trabajadora, la columna vertebral de la sociedad, los pilares de las torres de marfil.

Mis reflexiones se interrumpen cuando el bondi llega a una rotonda en La Tablada. Me quedo mirando fijamente la estructura de lo que solía ser un cartel publicitario. Está doblada de una manera peculiar, como si el viento hubiera dejado sus garras impresas en ella. Parece una especie de escultura abstracta. O una carta de amor arrugada a la que se le doblaron los renglones y se cayeron las letras. A contraluz, en chiaroscuro, los árboles se alzan como rosas negras que la tierra le regala al cielo mientras las estrellas se diluyen como copos de nieve en el agua. Febo aún no ha despertado, pero ya estamos viendo un adelanto, y la ciudad está completamente despierta.

Yo, en cambio, no lo estoy. Me siento en un limbo mientras subimos un puente y puedo ver la estación de Mendeville y la vía del tren abajo, como un Caracara Plancus que ve la Galea Musteloides corriendo entre la hierba alta. Echo de menos el sistema ferroviario que teníamos antes de que ese neolibertarado con patillas cerrara estaciones por todo el país y los pequeños pueblos se asfixiaran y se quedaran sin trabajo, como un bosque que se pudre tras secarse el arroyo o neuronas que se desaparecen privadas de sangre y oxígeno por la isquemia.

Es curioso, pero ahora que estoy "equilibrado", echo de menos mi lado poético. Siento que estar con testosterona más alta me dificulta la creatividad. O quizás sea porque todavía me estoy acostumbrando. También podría ser algo somático o producto de mi imaginación, porque una parte de mí cree que esto me arreglará. Esa misma parte que se aferra (¿o debería decir "reza"?) al chocolate por saber que contiene fenilalanina, un precursor de neurotransmisores como la dopamina y la norepinefrina. Tengo este pequeño truco de imbuir algo con sentido antes de consumirlo, un acto simbólico que me cambia el ánimo casi al instante después del primer bocado. Lo llamo placebo o transustanciación, selon le jour. A veces soy el mentalista, otras veces el escéptico.

Un hombre ciego sube al autobús, guiado por su esposa. Tiene un tatuaje colorido en la triple frontera del bíceps-triceps braquial y parte baja del deltoides, y lleva unos lentes de sol deportivos; así que, como suposición fundamentada, podría aseverar que la pérdida de visión es bastante reciente. Quizás después de un accidente. Andá a chequearlo.

Hablando de accidentes, siento las vibraciones de la caja de cambios del bondi a través de las plantas de los pies y en la punta del dedo medio. Esto se ha vuelto habitual desde que me lo rompí accidentalmente con un martillo y explotó como una uva al hacer vino patero o los tomates en el suelo bajo la estampida de La Tomatina. Siento como una resonancia bajo la uña, muy parecido a morder la mesa donde está apoyado un parlante o golpear una baldosa, azulejo o cerámica mal colocada. El accidente tuvo un punto a favor, eso sí; gracias a eso, como no podía usar la mano izquierda, aprendí a disparar el arco agarrándolo del suelo con los dedos del pie y tensándolo con la mano derecha. Todo esto mientras me equilibraba sobre el pie izquierdo y apuntaba con el derecho. Hablando de pies —como Tarantino—, las suelas de mis borcegos envían la señal al quadratus plantae y a los flexores: la caja de cambios del bondi tiene problemas para meter tercera.

Quizás El Poeta está de sabático como Norman Osborn, pero veo que El Detective sigue activo. Ahora que tomo las vitaminas y suplementos, mi reconocimiento de patrones está a tope. También estoy experimentando un ligero cambio en mis preferencias musicales. Me encuentro escuchando sonidos más agresivos y dejando de lado los más suaves por ahora. Soy nuevo en estos lares, ideas y marco de referencia. No es mi programación habitual. Pero tuve que hacer algunos ajustes para combatir la niebla mental y el cansancio. Byung Chul Han estaría decepcionado. La anhedonia es un okupa que resiste el desalojo, como la grasa de litio que no se me quita de los cayos o las uñas. Hay que imaginar a Sísifo durmiendo una siesta para no colapsar.

Ahora puedo pensar mejor. Pero estoy acostumbrado a vivir guiado por mis sentimientos e intuición. Tengo que encontrar el equilibrio y mantener a flote lo mejor de mí. La tabla tiene suficiente espacio. No quiero arrojar a Jack al océano helado.

Pablo Bernabé Céspedes

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