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Un día a la vez

Jul 27, 2026

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Un día a la vez
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Siempre busco la ventana.

No importa si el bus viene lleno, si debo viajar de pie o si el vidrio está tan sucio que apenas deja pasar la luz.

Siempre termino buscándola.

Porque desde ahí el mundo todavía parece más grande que mis propios pensamientos.

El recorrido casi nunca cambia.

Las mismas calles, los mismos puentes, los mismos vendedores que

saludan sin esperar respuesta. 

El mismo semáforo que parece durar una eternidad cuando uno vuelve del trabajo.

Los mismos edificios creciendo donde antes había árboles.

La misma fila interminable de carros convencidos de que llegar cinco minutos antes puede cambiarles la vida.

Y, sin embargo...

ningún viaje se parece al anterior.

Porque la ciudad siempre es la misma,

pero el que cambia soy yo.

Hay mañanas en las que el cielo consigue abrirse entre los edificios y las montañas aparecen detrás del concreto como si hubieran estado esperándome todo este tiempo.

Entonces dejo de mirar la ciudad.

Empiezo a mirar los cerros.

Imagino senderos donde solo existen árboles. 

Donde el viento sigue teniendo olor a tierra húmeda y no a gasolina.

Me veo subiendo despacio, con las manos llenas de tierra y los pulmones faltos de oxígeno, hasta encontrar un lugar donde el ruido mental no consiga alcanzarme.

Donde el único murmullo es el de las hojas conversando con el aire.

Me imagino caminando hasta quedarme sin aliento.

No para llegar a la cima.

Sino para descubrir si allá arriba todavía existe una versión

de mí que no aprendió a vivir con tanta prisa.

A veces incluso sueño que puedo volar.

No como vuelan los pájaros.

Como vuelan los niños.

Sin preguntarse si el mundo va a dejarlos caer.

Durante unos segundos vuelvo a ser ese niño.

Ese que todavía creía que el mundo era enorme y bueno.

Ese que todavía no encendía las noticias con miedo a descubrir una guerra nueva.

Ese que no conocía el olor de los hospitales como si fuera una visita habitual.

Ese que todavía no había aprendido que algunas personas prometen quedarse...

y aun así se marchan.

El bus frena.

El sueño termina.

La ciudad vuelve a entrar por la ventana.

Y ahí está, igual que todos los días.

Más edificios.

Menos árboles.

Menos cercanía.

Más personas caminando sin levantar la mirada.

A veces pienso que esta ciudad ya no construye casas.

Construye paredes.

Y poco a poco termina levantándolas también dentro de nosotros.

Antes el concreto cubrió la tierra.

Después cubrió los ríos.

Ahora empieza a cubrir los corazones.

Quizá por eso ya casi nadie sonríe sin motivo.

Quizá por eso pedir perdón parece una derrota.

Quizá por eso abrazar a alguien empieza a sentirse como perder el tiempo.

Nos estamos pareciendo demasiado a la ciudad que construimos.

Fríos.

Grises.

Duros.

Como si el cemento hubiera aprendido a latir.

Miro a la gente.

Hay quienes hablan por teléfono con alguien que los espera.

Hay quienes sonríen leyendo un mensaje.

Hay quienes bajan del bus y encuentran una mano que ya conocía la suya.

Los miro con la tranquilidad de saber que esas escenas todavía existen.

Y con la melancolía de no saber si alguna vez existirán para mí.

No siento envidia.

Siento la distancia que existe entre esa escena y mi vida.

Porque hay momentos que uno imagina tantas veces que terminan pareciendo

recuerdos de una vida que nunca ocurrió.

Y aun así...

sigo buscando la felicidad.

Nunca estuvo en los lugares grandes.

La busco en una amiga

que carga demonios parecidos a los míos,

y aun así encuentra fuerzas

para preguntarme cómo sigo.

La busco en una canción que consigue ponerle nombre a una

tristeza que llevaba años viviendo dentro de mí.

La busco en el conductor que espera unos

segundos más para que alguien alcance el bus.

La busco en el olor del pan recién horneado,

porque hay aromas que todavía saben decir "bienvenido".

Estuvo anoche cuando se me permitió soñar.

Soñé con un abrazo.

Llovía con una fuerza capaz de hacer temblar la ciudad.

Los relámpagos partían el cielo en dos.

El mundo parecía deshacerse bajo el agua.

Pero, por alguna razón, mientras me abrazaban, nada de eso daba miedo.

Por primera vez en mucho tiempo sentí que el calor

de alguien también podía parecerse a un hogar.

Desperté.

La lluvia seguía siendo un sueño.

El abrazo también.

Pero aquella sensación decidió quedarse.

Y fue extraño.

Descubrir que, incluso después de abrir los ojos, el corazón todavía podía recordar

el calor de un lugar donde nunca había estado.

Pero eso fue anoche.

Ahora debo volver a tomar el mismo bus.

Saludar de nuevo al chófer.

Esperar que salga el sol mientras aún me sacudo el sueño de las ojeras.

Frotarme las manos espantando el frío.

Ir caminando por un laberinto de personas hasta encontrar un pedacito de ventana

y aquí estoy de nuevo.

Sintiéndome un poco distinto.

Solo porque esta vez...

llevo conmigo un sueño que decidió no quedarse en mi cama.

Y, por alguna razón, también me regaló una sonrisa para empezar el día.

Quizá por eso entendí que...

La felicidad siempre fue pequeña.

Tan pequeña...

que la tristeza aprendió a esconderla.

La felicidad nunca hizo ruido.

Siempre pasó de puntillas.

Tan sigilosamente que el mundo dejó de esperarla.

La rutina continúa.

Trabajar.

Contar monedas.

Pagar cuentas.

Esperar el próximo salario y rezar para que los pensamientos no vuelvan a pasar factura.

Qué extraño resulta crecer.

Pasamos media vida intentando ganar dinero para vivir mejor.

Y cuando por fin tenemos un poco más...

ya olvidamos cómo vivir.

Por eso miro tanto por la ventana.

Porque allá afuera todavía existen cosas que jamás preguntaron cuánto valen.

El cielo sigue regalando atardeceres.

La lluvia nunca cobra por limpiar el aire.

Las montañas jamás tuvieron prisa por convertirse en montañas.

Simplemente resistieron.

La última parada se acerca.

El conductor anuncia mi destino.

Pero hace mucho entendí que uno puede bajarse del bus...

y seguir viajando por dentro.

Camino unas cuadras.

Levanto la mirada.

Las montañas siguen ahí.

Pacientes.

Silenciosas.

Como si supieran algo que nosotros olvidamos hace mucho.

Todavía hay noches donde la ansiedad pesa más que el cuerpo.

Todavía existen recuerdos que vuelven sin pedir permiso.

Todavía hay días donde la soledad se sienta conmigo como si hubiera pagado el pasaje.

Todavía cargo un amor que nunca encontró dónde quedarse.

Todavía hay una parte de mí que sigue esperando que aquel sueño encuentre la forma de hacerse realidad.

Pero las montañas continúan de pie.

No para prometerme que todo mejorará.

Sino para recordarme que incluso ellas fueron tierra suelta antes de convertirse en aquello que hoy admiramos.

Que el tiempo también sabe construir belleza.

Que no todo lo que tarda está perdido.

Quizá yo también me esté levantando así.

Sin darme cuenta.

Mientras sobrevivo otro lunes.

Otro regreso a casa.

Otro viaje mirando por la ventana.

Porque mientras exista un pedazo de cielo capaz de colarse entre tanto edificio...

mientras las montañas sigan resistiendo al progreso...

y mientras todavía quede un rincón de mi corazón que

no haya terminado de convertirse en piedra...

seguiré comprando el pasaje.

No porque ya tenga fuerzas.

Sino porque todavía vive en mí un niño que, cada vez que mira los cerros, sigue creyendo que algún día logrará subirlos.

He bajado del bus.

Debo seguir mi habitual camino...

Pero antes.

Meto la mano en el bolsillo.

Encuentro una cajetilla de cigarrillos.

Me tomo un segundo para pensar...

Qué extraño resulta que algunos tengan un lugar donde descansar el corazón...

y otros terminemos cambiando un poco de vida por unos minutos de calma.

Hay despedidas que necesitan un gesto.

Lo enciendo.

No para escapar.

Sino para despedirme.

Del miedo.

De todas las palabras que se quedaron tocando la puerta para ser dichas.

De las noches donde descubrí que los monstruos nunca vivieron debajo de la cama, sino en el único lugar del que nunca pude escapar: mis propios pensamientos.

Del niño que todavía espera escuchar que todo estará bien.

Y también del hombre que lleva años fingiendo que ya no necesita oírlo.

El humo asciende despacio.

Yo me quedo mirando cómo desaparece.

Siempre envidié esa facilidad que tiene para soltar.

Porque yo llevo años intentando hacer lo mismo con los recuerdos.

Mientras tanto...

Confiaré en mis pasos.

Ellos sabrán encontrar el camino que mi cabeza todavía no conoce.

Un día a la vez.

Quizá eso sea todo lo que deba pensar.

Nicolas Olarte

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