"Un culto al autoengaño que nos está enfermando"
Abr 22, 2025

En tiempos donde toda causa parece devenir consigna, y todo discurso es susceptible de convertirse en militancia, resulta indispensable separar ‘las aguas’. Intento con claridad exponer una paradoja inquietante: mientras se denuncia —con justa razón— la “gordofobia” como una forma de violencia simbólica, también se detecta un movimiento igualmente o más peligroso en dirección opuesta: la romantización del sobrepeso, es decir, la idealización acrítica de una condición que, aunque estigmatizada socialmente, representa riesgos objetivos y reales para la salud. Aquí no se trata de negar el maltrato, sino de no edulcorar lo que debería ser un llamado a la acción. No se puede combatir la discriminación abrazando la negación: las cosas son lo que son.
La “gordofobia”, entendida como rechazo hacia los cuerpos que no responden a los cánones estéticos dominantes en redes sociales y en la diaria, es real e incluso condenable, porque las personas no deberían ser destratadas por su aspecto físico. Pero la crítica no puede convertirse en un cheque en blanco para dejar de problematizar el sobrepeso desde una perspectiva sanitaria, porque “Al gordo no le molesta ser gordo” como expresaba un reel que alguna vez crucé scrolleando. Y me permito dudar, y he aquí donde la discusión se vuelve espinosa: lo que comenzó como una lucha legítima por la dignidad si se quiere, ha sido cooptado por sectores que reemplazan el análisis por la auto-celebración irreflexiva, en nombre del –tan en boca de todos– “amor propio". ¿Amarse a uno mismo significa negarse al cambio, a la mejora, a la vida más larga y saludable? No. Y decir lo contrario no es empático, es irresponsable.
No se trata de imponer un cuerpo ideal, sino de reconocer que ciertos parámetros no son meras construcciones culturales, sino respuestas biológicas. Las estadísticas son crudas: la obesidad es una de las principales causas prevenibles de muerte en el mundo, asociada directamente a enfermedades cardiovasculares, diabetes, hipertensión y ciertos tipos de cáncer. ¿En qué momento dejamos que el respeto se convierta en complicidad con el deterioro físico? ¿Cuándo el discurso del amor propio se volvió más importante que el de la salud?
Algunos podrán acusar este enfoque de “patologizante” o incluso “opresivo”. Pero no hay mayor opresión que silenciar la verdad por miedo al qué dirán. Un filósofo muy conocido ya advertía que el poder no siempre se ejerce desde arriba, sino que también se filtra en los discursos, en las normas aceptadas, en los gestos cotidianos. Hoy, el nuevo poder está en lo políticamente correcto, en el temor a cuestionar cualquier grupo que se declare víctima. Y, sin embargo, el verdadero acto revolucionario es poner el cuerpo, pero esta vez para cuidarlo.
Las consecuencias de esta romantización son múltiples. En el plano social, promueve la idea errónea de que cualquier cuestionamiento a los hábitos alimentarios o a “lo físico” es violencia. En lo económico, incrementa el gasto público en salud, en tratamientos crónicos evitables, en subsidios por enfermedades derivadas de malos hábitos y la naturalización de algo que no debiese ser. Y en lo político, genera ciudadanos más frágiles, más dependientes de un Estado que compensa lo que la responsabilidad individual deja de lado. Un pueblo enfermo no es libre; es un pueblo anestesiado, cautivo del asistencialismo y de los discursos que lo infantilizan.
¿Queremos realmente sociedades más inclusivas o simplemente estamos dispuestos a aceptar cualquier cosa con tal de no incomodar, de no ser señalados? No hay libertad sin verdad, ni justicia sin responsabilidad. Luchar contra la discriminación es un deber ético. Pero cerrar los ojos ante una pandemia silenciosa por miedo a herir susceptibilidades no es empatía: es cobardía.
Porque el problema no es lo que el espejo devuelve, sino que decidimos ignorar lo que se refleja mientras nos decimos que está todo bien. Y no, no lo está. Es mucho más grande que aceptarse.
Por: Giunico.
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Giunico. Todólogo y opinólogo. El filtro para el café, no para las ideas. Esto no es una cátedra, ni una redacción obediente: es una charla de café por escrito. Córdoba, Argentina.
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