Nadie me habló de la experiencia solitaria que es tener un cuerpo impoluto.
De tener un cuerpo y un alma que no fueron amados ni odiados
más allá de los cinco o seis cercanos.
No hay quien pueda diferenciarlos de cualquier otro desconocido
que vaga por la calle, que pasea por los cultos.
Esos que temen a la interacción,
que se encierran entre cuatro paredes o ciento veinte caracteres.
La mente está sucia y pecaminosa,
pero el cuerpo es una estatua inamovible.
Demasiado asustados para entregarse a ese monstruo que engulle todo.
Contemplan, con ojos secos,
a la delicada figura que quiere martillar el envoltorio.
No hay empate.
El monstruo los comerá vivos, a menos que lo maten.
El miedo paralizante es aliado y enemigo.
Aunque impide fundirme cuando me oprimo,
cuando me obligo a finalmente ceder,
también me advierte que no me quede en la celda escéptica.
Cuánto quisiera este conjunto de cadenas de carbono,
de sangre, de agua, de desechos;
cuánto quisiera sacar una mano de esta caja de cristal.
Poder componer en tu persona siquiera tan solo la mitad de mis anhelos,
unas horas de libertinaje, de desidia.
Pero el miedo aterrador es más grande que todo Buenos Aires.
La garita siempre está activa.
Los fuegos castigadores,
esos que son amenaza e injuria,
son quienes alimentan y siguen manteniendo de pie
a todos mis guardias.
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