Notá cómo se tocan atropelladamente tu hombro y el del extraño sentado al lado tuyo en el colectivo.
Leé cómo su esposa le pregunta si llevó campera; mirá cómo frota sus manos, a ver si se calientan.
¿Viste los pelos blancos de su perro pegados en su remera negra? ¿No parecen los destellos de las estrellas arrojados en el universo, alrededor de los planetas?
Analizá ahora cómo mueve sus orejas cuando piensa.
¿Están sus ojos hartos de la espera?, ¿piensa en sus ayeres o en sus nietas?
Hay un anhelo intrínseco en la forma en que acaricia su celular;
hay una falta que se grita en su pecho en cada lugar al que va (pero solo él la puede escuchar)
¿Hace cuánto crees que no duerme? Está empezando a cabecear. ¿Vas a dejar que descanse en tu hombro u otra vez te vas a quitar?
Sentí en tu cervical el peso que está acostumbrado a cargar, ¿quién no se iría a cansar? Sostené ese peso un momento, por lo menos hasta que se pueda recuperar.
Ahora agarralo con las manos y acaricialo con los dedos hasta que te empiecen a temblar;
hasta que te salgan callos y empiecen a sangrar;
hasta que se te forme otra piel y se empiece a pelar.
¿Te comenzó a doler también?, ¿hace tus párpados temblar? ¿dobla tu mundo, lo reduce a la nada y lo empieza a despedazar?
Tranquilo, no hay porqué llorar, ya se va a despertar. En la próxima parada se baja, y, ese peso, quiera o no, se lo va a llevar.
Relajá la espalda.
¿Ahora cómo se siente la liviandad?
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