Llegué al poblado de tarde, recién terminaba de almorzar el sol en esas montañas verdes, llenas de humedades e historias frondosas para escuchar. Lo primero que decidi hacer fue llamar a mi amigo para que viniera a buscarme. Era mi primera vez en Baeza y no sabia hacia donde debia caminar. Busqué un telefono público, una antigüedad, en algún local pequeño. Tan pequeño como el pueblo mismo. Afortunadamente mi amigo contestó rápido. Estaba a 2 cuadras, porque el pueblo tenía 2 cuadras. No podía estar muy lejos. Me senté en un cordón, con mi mochila, mi ukelele y mi ansiedad.
Lo cierto es que no lo conocia tanto. A mi amigo quiero decir. Nos conocimos hace 2 semanas en una celebración andina en Quito. Nos encontramos un 21 de marzo danzando en ronda, cantando y zapateando porque, equinoccio de otoño, comenzaba el año nuevo andino. Y con él, nuevos brotes, nuevos momentos de siembra, de recolección y de encuentros. Y eso es lo que fue nuestro encuentro ese dia; la señal de que algo nuevo nacia. En mi camino, un nuevo guía. Con una inocencia inusitada le creí cuando se presentó como Chamán por cómo estaba vestido. Inocencia e ignorancia occidental. Estupidez eurocentrista pero desde una latinoamericana. Y nos invitó a mi amiga, con la que caminaba en ese momento, y a mí, a visitar su casa a conocer a su familia. Por loco que parezca, la invitación era esa, conocer su casa y su familia. Aprecié con cariño la invitación, y decidí tomarla apenas me la hizo ¿Cuantas veces uno se encuentra un Chaman en la vida que te invita así? Cualquier viejo macho podría hacerlo y yo como estúpida creyendo sandeses. Pero algo me hizo creer. Mi amiga se iba para el norte, pero yo iría para el sur por un evento de medicina natural en el Tena. Antes podía hacer una parada donde la casa del Chamán, por lo que nos separamos.
Así que así llegué a ese pueblito, yendo a la casa de un completo extraño. Esperando que no sea ningún pervertido que me pegara un palo y me violara. Pero estaba en una búsqueda vital por descubrir que en la vida hay mucho mas allá que el miedo. Aunque medio pelotuda también. Al final, el miedo nos hace movernos y convertirnos en luchadoras dispuestas a desnudar nuestras armas cuando sea necesario. En fin, me vino a buscar, para guiarme hacia su casa. Como había prometido me presentó a su familia, que me recibió tan bien que aún siento que no les he podido agradecer como se merecían. En esa casita del páramo vivían abuela abuelo hermana cuñado sobrina sobrino otra hermana más pequeña y Chamán. Y ahora yo. La sobrina se fue a dormir con la mamá para que yo pudiera dormir en su cama. En su habitación. La única que tenía habitación para ella sola.
Esa misma noche, justo y con puntería, se haría una ceremonia porque había un Taita (Suegro del hermano de mi amigo) que estaría eventualmente en el pueblo, ya que venia a visitar a su hija (Cuñada de mi amigo, por si se te lenguó la traba con la genealogía). No sabia ni tenia idea que mierda se haría en esa ceremonia pero pensé "Bacán". Por lo que me aliste automaticamente para ir.
Pero antes de cualquier ceremonia, se sale a buscar ofrendas. Por lo que salimos con Chamán a caminar unas cascadas en la montaña. Me prestó un par de botas altas para el agua, porque era época de lluvias y la montaña traspiraba. Muy entre páramos, íbamos pisando las pajas porque sino te ibas no más con el barro. Visitamos 2 cascadas, a las que les ofrendamos floripondios con miel para agradecerles el fluir, el ser agüita en este mundo tan desértico. Y él con su cámara fotografiaba todo, pero sobre todo, a mí. Y me decía que en las foto estaba rodeada de unos espíritus que se ven en el polvo, en los circulos que hace la luz en la lente, que no es polvo ni gotas de agua, ni son comunes, que eran esos espíritus que son como kodamas pero no son kodamas porque estamos en los Andes. Y me dijo cómo se llamaban pero mi memoria de mierda y mi falta de espiritualidad me hizo botar esa información de la cabeza. La cosa es que estaba repleta de esos espíritus en las fotos. El pasiaje era increíble, helechos de tamaños prehistóricos, humedad fría pero con cierta calidez en el ambiente extraña. Musgo verde acolchonadito en todos los troncos. Verde el cielo y las piedras.
De repente en un momento sin darme cuenta, como todo, se me perdió ese man. Lo perdí de vista. Dónde se metió. Donde está mi guía. Me empecé a girar para todos lados. Le grité y no contestaba. Me dije ya morí. Seguí avanzando para llegar a la cascada y caminé. Y caminé caminé caminé, y nada de ese man. Llegué a la cascada, más vale, pero estaba tan cagada de miedo que no la disfruté. Le boté así no más las ofrendas en un gesto de braso. Empezó a caer la noche y me empecé a decir a mi misma que él había decidido dejarme ahí. Pero sólo tenía que volverme por donde había llegado. Así que me volví sobre mis pasos, gritando su nombre. Aunque cada vez que lo pronunciaba sentía cada vez más fuerte que era envano. Seguí caminando, chucha no me iba a quedar ahí. Hasta que salí a la ruta asfaltada por donde nos habíamos metido al monte y ahí estaba el Chaman. Más asustado que yo, la cara pálida. Pensé que la habían llevado los espíritus me dijo casi llorando. Debe haber visto el resto de su vida en la cárcel mientras estaba ahí mirando la ruta porque cuando me vió casi que se me desploma en los brazos alabándo el reencuentro. Pero te desapareciste le dije, te grité y no me contestabas. No no, no te escuché no te vi más, me dijo.
Ya no tenía ningún sentido seguir hablando de eso, porque en breve empezaría la ceremonia y era el evento familiar del mes. Así que caminando rápido casi corriendo, pasamos por la casa, me saqué las botas de plástico y nos fuimos para la casa de su hermana. La noche de los pueblos andinos tiene un no se qué en el aire. Se siente la vida flotando en las nubes que nieblan la vista porque es tan espesa que no hay forma que no contenga algo más en su cuerpo. Y no hay soledad en su silencio profundo, hay pura contemplación porque todo te habla. En la casa de la hermana ya estaban congregadxs lxs invitadxs, faltábamos nosotrxs no más. 3 niñxs, 3 ancianos, 5 adultxs. El anciano chamán venido de tierras más calientes orientales, ergo, la Amazonía, tenía en su cara las arrugas del molle. Masticamos tabaquito para mantener la vista abierta y nos lavamos las ideas con rapé. Y todxs lxs presentes tomamos el preciado líquido que mis amigxs argentinxs me habían dicho que les daba miedo. Sin saber nada, sin haber visto ningún documental, sin haber buscado la "experiencia", sin desear volarme el mate con un alucinógeno, habia llegado a mí la abuelita. Ella me buscaba, porque yo no tenía idea de nada. Así probé por primera vez la Ayahuasca. Con una familia andina de lo más linda, que compartió su momento conmigo, me abrió las puertas. Yo con mis 20 añitos estaba más cerca de la generación de nietos que de adultxs, pero ahí estaba recibiendo las limpias del Taita amazónico. Que me escupía el agua floral por toda la cara, pero se sentía como un baño de agua bendita. Le queda un largo camino a la niña-que-no-se-deja-ver. El Taita hablaba con voz de sabiduría. Recibí ese apodo porque aparentemente, bajo ese efecto uno tiene la capacidad de diluirse en su propio vuelo. De irse con los pensamientos que te da la Ayahuasca y desaparecer ante los ojos del resto. Varios me dijeron que desaparecí. Quizas Chamán tenía razón, derepente me desaparecí en el bosque para quedarme sola. Con una sonrisa chueca como siempre, sonreí para adentro degustando ese placer del inconsciente llevandome a donde está mi deseo. Sola. Como 3 horas duró la ceremonia. Me quedo con haber compartido ese momento tan grato con una familia tan linda. Con la sonrisa de las guaguas que tomaban ayahuasca también por primera vez. Con el altruismo, el ser convidada en la montaña. Agasajada con amor. Volvimos caminando las 2 cuadras de pueblo hacia su casa. Al otro día compartimos la última comida-almuerzo. Cociné con la mamá de Chamán seco de pollo, que me enseño a sacar el filete a la pierna del bicho. Y me mostró su sazón entre risas. Obviamente las mujeres cocinaban y los hombres de la familia quién sabe. Pero Chamán si ayudó pelando papas y algo más que ni me acuerdo. Algo nimio evidentemente, pero estaba ahí de algún modo. Como todo, está siempre ahí, de algún modo. A pesar de que no se deje ver.
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Rocío Giménez Ferradás
Hola! Soy dibujante pero las palabras son un jardin en el que refugio el pensar
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