Y esos ojos grises,
tan trágicos y envolventes.
Y disfruto el elixir de la vida que me dio
para disfrutar nuestros mejores años,
a pesar de luego habernos separado.
E incluso, luego de tantos años,
seguís siendo la belleza en persona,
y no puedo apartar mis ojos de tus
rulos azabaches.
Creo que cada figura en la habitación
puede saber de mis sentimientos,
menos yo.
Y creo, realmente,
que odio poder admitir esto cuando
ya no estás.
Porque ni siquiera es una
palabra metafórica;
no es como antes,
que solo te alejaste y ya no pude
encontrarte.
Ahora estabas ahí,
sin tu alma en el cuerpo que se
suponía era tuyo.
Ya no encuentro reparo que cure el dolor
en el pecho.
Ni encuentro forma de borrar tu recuerdo
muriendo entre mis brazos.
Y creo que odio cada año perdido,
porque el tiempo se acortó.
Y tal vez no era para nosotros juntarnos,
ni lo era que nuestros caminos
se encontraran en algún momento.
Y quizás todo lo malo fui yo,
por creer que tenía tiempo en aceptarme.
Pero lo más horrible fue perderte,
tenerte y nuevamente perderte.
¿Qué sentido tenía?
Y qué ironía fue tener que verte irte
nuevamente sin despedirte.
Y esos ojos grises, tan trágicos
y envolventes, ya no los reconocía.
No tenían vida ni sentimientos que buscar;
estaban vacíos,
como el cuerpo de alguien que alguna
vez amé...
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