Un diluvio, 6:30 a. m., nubes por doquier. Corro con apenas ropa que se me pega al cuerpo con la insistente lluvia que me empapa el pelo, el cual se me pega a los extremos de la cara. Llego al campo, corriendo con un rosario entre las manos. Estoy llorando, no hay consuelo. Llego al descampado, me quiebro, mis rodillas ceden y caigo ante el inmenso cielo cubierto.
De repente, se abren las nubes, solo un poco, lo necesario para que me rodee un pequeño rayo de sol, de luz, un rayo de súplica.
Aún arrodillada, aún llorando, aún empapada...
Suplico.
Un amor que me quiera solo auténtica
Que no me haga trampa y nunca use tácticas
El que no me haga sentir problemática
Un amor para mí, un amor
Por favor
Un amor para mí, un amor.
Y luego de mis ritos, el cielo vuelve a cerrarse, el viento ruge, la lluvia abraza, y él, entre las sombras, se lleva la mano al corazón, presenciando lo más bello que ha visto desde que nació.
La mira alejarse, ve a aquel ser alejarse como llegó: llorando, corriendo, con el pelo pegado a los extremos de su cara y la ropa adherida al cuerpo.
Algo lo empuja hacia ella; corre y la toma del brazo, y de sus labios solo le sale preguntarle si se encuentra bien. Pero al mirarle a los ojos, bajo aquella tormenta, bajo las sombras de su pena, confirma sus sospechas. «Un ángel», se dice a sí mismo.
Ella se suelta y se va, pero él, más decidido que antes, vuelve a tomarla del brazo y la gira hacia él para que le vea a los ojos, para poder volver a ver sus ojos, contemplar su rostro, confirmar que aquel ser es real.
De repente, el cielo se abre una vez más, en torno solo a ellos.
El sol los apunta, a ella a los ojos, y él comienza a escuchar los ritos dichos por ella hace solo unos minutos.
Los escuchan nuevamente y están por todos lados, con eco: en el cielo, en el espacio, en el aire, en la tierra, en él.
Un amor que me quiera solo auténtica
Que no me haga trampa y nunca use tácticas
El que no me haga sentir problemática
Un amor para mí, un amor
Por favor
Un amor para mí, un amor.
Y cuando los ritos terminan de escucharse en el simple oxígeno, el cielo vuelve a su forma original, se cierra para ya no abrirse, y los deja a los dos en la oscuridad de una mañana nublada.
Ella, sin dejar de mirar sus ojos, se da la vuelta y se va, abrazándose a sí misma.
Y él solo logra llevar su mano al corazón y volver a ese mismo descampado cada día de lluvia a la misma hora, rezando por volver a escuchar aquel canto sagrado, aquella misa no registrada, aquella marca del destino.
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