Un dulce aroma se hizo presente en mi hogar. Caminé siguiendo el rastro hasta llegar a la cocina, ahí estás tú, sonriendo mientras tarareas una canción de forma tan dulce como ese glaseado que untas en el bizcocho. Nuestras miradas se encontraron, decías tranquilamente: "¿Podrías seguir tú? Debo ir a buscar algo al pueblo". Asentí terminando de glasear el pastel. Al paso de las horas decidí probar un pedazo. El sabor era indescriptible, raro y dulce a la vez. Todo iba bien y dulce hasta que veo un cabello entre el bizcocho. No, no era uno, eran muchos. Cabellos rubios. No eran de mi castaña chica, eran rubios como... como mi esposa, un rubio tan chillón y tan difícil de confundir.
-No, no, no...
Repetí mientras miraba el congelador lleno de bolsas negras. Carne que nunca habíamos comprado. Nada de esto estaba bien, nada de esto es normal. Debo correr.
Un estruendo en mi cabeza y un pitido en mi oído se hicieron presentes.
-Dulce pastel, ¿no? Tú serás un delicioso asado, cariño.
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