Tú, la que sublime iris
robaste a los dioses
conjuntamente al día en que
estrella nacida se desprendió
de tus pecas.
Tú, la que tacto agorero y
calcinante tocar, mata
el trébol nacido por la
aurora del cielo,
Tú la que en perpetuo monólogo
urdías el sufrimiento del día.
Navaja sin tregua, río de liríos:
hoy acúnate en mis brazos.
Yo sé quién eres,
mejor que a mis tristezas te conozco;
tú eres igual a mí, ven, hablaremos.
A ti vengo buscándote.
De noche, cuando duermo
a solas, como un tonto, a ti te sueño.
Únicamente a ti,
a la sublime mirada,
al abrazo preciso,
al momento exacto
donde ver tus labios
pesa más que la muerte.
De día, cuando callo
en medio del silencio, a ti te extraño,
solamente a ti.
A la constelación cosida
a nuestro beso,
al beso que peca de amorosa,
a la boca amorosa que peca,
y a las pecas de tu cara
que mi boca toca.
Tú, la que habitas el revés de la tarde,
donde el sol se desangra sin permiso,
y cada sombra lleva tu nombre escrito
con una constelación en la pared.
Tú, la que llevas mis noches
colgando de tu muñeca:
dime, noche mía,
¿hoy te voy a soñar?
… He aquí, yo sé quién eres,
mejor que a mis tristezas te conozco,
tú eres igual a mí,
tú sí me escucharás,
ven, hablaremos.
---
II
Esta es la hora amante y amarguísima,
la caricia resuena con el crepúsculo ensangrentado,
la muerte ya no pesa
y tú sabes por qué.
Esta es la hora amante y amarguísima,
tuya y mía,
el cielo sangra
y el despido llega.
Pero será el color divino y
lento de tus rendidos ojos, la tarde
en que el beso está
donde la palabra de amor falta.
No es suficiente amarte noche y día;
amarte es, ciertamente, el horizonte,
lo alto y lo profundo,
la caricia y la navaja,
la muerte y el duelo,
el dogma y la herejía.
Caricia mía,
sueño de cielos,
río de paraísos,
dime:
¿esta noche puedo soñar contigo?
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