Pensabas que conocías mi corazón y, probablemente lo hacías.
Podría haber estado con vos en esa habitación blanca durante mucho más que una hora y no nos hubiésemos aburrido nunca. Supongo que siempre fuimos así, y, por eso éramos.
Cuando no me podía descruzar de piernas y había olvidado hasta mi nombre, apareciste de una forma casi que irónica para recordarme que hay cosas maravillosas: tanto bien alto en el cielo al que uno mira cuando suspira resignado, como en el suelo donde experimentamos cada ida y vuelta existencial.
No existieron los agravios, no los conozco; de tu parte al menos, no.
Pasaron años y todavía sabías reflejarme en tus ojos con una calidez tenue que otro humano no soportaría, que yo no creía merecer.
¿Seguirán tus manos exponiendo tu nerviosismo cuando jugás a aparentar sobriedad?
Porque sabía que te había costado estar ahí después de años, pero bien sabías que hacía falta más humanidad que miedo en esos momentos.
Yo sabía que conocías todos mis secretos, lo hacías. Y así te dejé ir por aquella puerta invisible que nos separaba para abrazar tu calma y echar a patadas el caos terrenal en el que yo me sentía a gusto.
Pero hoy hace frío, y... ¿qué queda?
Dije que las puertas de mi casa estaban siempre abiertas como una invitación alevosa a pasar por un té, un café, o lo que más te guste hoy en estos días a diferencia de aquellos; si es que tus gustos cambiaron. Pero, ¿qué queda?
Sigo sin poder descruzarme de piernas y ahora de las dos me baila una cada que alguien menciona que estuviste ahí casi como acto redentor, como si hubieses aparecido para convertirte en una divinidad; aunque tanto no creo en las divinidades como en los astros, y recuerdo haber dicho que las estrellas te las llevaste enredadas en tu pelo.
Abrazaré el éramos y le meceré la cuna a lo lindo que me quede por recordar. Sin artilugios materiales; sin el uso de la madrugada, sin fotos, videos, ni nada que me aclare tu imagen; porque lo bonito queda todavía más perfecto en la imaginación.
Pico.
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