Hay una geografía tuya que mi memoria cartografía en la distancia. Tus ojos no son simplemente dos luces, sino faros entre la neblina de lo cotidiano, que no alumbran con destellos cegadores sino con esa claridad paciente que guía a puerto a los barcos perdidos. En ellos habita una inteligencia luminosa, una especie de sabiduría antigua que desarma el ruido del mundo y ofrece, en su lugar, un silencio elocuente.
Tu sonrisa es el contrapunto perfecto a esa seriedad luminosa de tu mirada. Es el quiebre, la rendija por donde se cuela la alegría sencilla. No es un gesto para la galería, sino una curva espontánea que transforma el oxígeno a su alrededor, lo carga de una levedad que casi se puede palpar. Es el eco de una bondad que nace de las entrañas, un destello que revela que la verdadera belleza no es una posesión estática, sino un verbo, un acto que se renueva cada vez que eliges concederle al mundo ese fragmento de tu luz interior.
Y es esta composición única, este equilibrio entre la profundidad de un océano y la brisa ligera de la costa, la que trasciende la física de la separación. La distancia, entonces, se vuelve un lienzo sobre el cual se proyecta no la falta, sino la presencia amplificada de tu esencia. Eres una vibración que resuena en este lado del mundo, una nota sostenida en la sinfonía de los días grises, recordándome que la armonía existe, aunque su fuente se encuentre beyond el horizonte tangible.
Así, en la quietud de esta lejanía, se afirma una verdad incontrovertible: que algunas presencias, por el simple hecho de ser como son, convierten el espacio vacío en un campo de resonancia donde la belleza no se nombra, sino que se siente. Y es suficiente.
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