La ausencia del sentir no fue reconfortante ni desesperanzadora, sino la naturaleza ambigua vivificada del yo que, amortiguado, se rindió al soporífero rojizo de las horas. Si todo transcurría sin interrupción, llegaría la redención a tiempo para desengarzar la culpa adherida en el centro.
Sería yo tomado de las mejillas y besado en la frente por una boca milagrosa, recibiría de ella un soplido en el rostro, tibio-benevolente, que expiaría mis ofensas parabólicas de suplica y negación.
¿Cuánto de lo que reclamo es proporcional a lo que di?
Después de ese acto de amor —que quizá, con suerte, saciaría este hambre corrosivo de compasión y ternura— me elevaría a un yo infante, inconsciente de pérdidas, y correría despojado de atavíos por algunas de mis postales empolvadas.
¿No es la misericordia todavía más hábil sobre la fragilidad humana? Aun impropio, y de deseo adormecido... quise ser y me hizo ser de barro. La apatía, más que evidenciar mi carencia, sería materia prima de la caricia gentil de un Otro que no es mi padre, ni mi madre ni soy yo.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión