Mientras pienso en cosas aleatorias que me preocupan, escribo tu nombre en los márgenes de mis hojas. En minúscula, en cursiva. Hago firuletes en la fricativa que da inicio a tu nombre. Practico tu firma, ensayo sus posibilidades. En esta acción me acuerdo de mamá. Cuando yo era chica, ella hablaba por su telefono de cable e, inconscientemente, dibujaba caritas sonrientes en el papel más cercano. Siempre las hacía contentas, con cachetes ruborizados y redondos. Entonces escribo de nuevo tu nombre y al lado el mío, como buscando acercarte a mí de alguna manera. Lo practico de forma insistente, hasta que el margen se convierte en un marco del sustantivo propio que te nombra, y termino con las manos manchadas de birome azul. Me doy cuenta de que ya repasé todo en mi mente y cierro el cuaderno. Algun día, en el futuro, ordenando mis cosas para mudarme, probablemente me encuentre con ese borde escrito, lleno de vos. Siendo leido años despues, capaz sonría al leerlo y marque tu numero en el celular, que todavía me acuerdo. Quizás escuche tu voz al responderme y dibuje caritas ruborizadas en una libreta mientras me contás brevemente de tu vida. Seguramente vuelva a encontrarte en alguna plaza de esa ciudad que ya no es mía y capaz todas esas cosas pasen por haber escrito, sin querer, tu nombre en los márgenes de mis hojas.
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