A veces creo estar hecha del miedo, reverso de toda perspectiva humana. Del horror por vivir, un deshecho sin utilidad. Un temporal que no sólo proviene de mi opinión, sino que azota contra marea y vientos todo lo que creí capaz de ser. Mis fracasos me habitan como un musgo frío en la entrada de mi puerta. Me siento inmovilizada, sin amor y sin atención que me proteja de mis pensamientos destructivos. Desde que el invierno degolló con su escarcha los pétalos de aquella flor septembrina, supe —con la certeza de los condenados— que debía clausurar el desastre que por años llamé vida mía. Tan extraviada en mi propia piel que podrías ahogarte en ella. Tan desolada que podrías sentir lástima por mí. Durante mucho tiempo mis ojos permanecieron capturados por la tristeza; interpreté ese concepto inconsciente de mí misma, tan lejos de todo propósito, y creí profundamente que parte de esa fealdad me pertenecía por derecho propio. La primera vez que lloré, de joven, genuinamente confié en lo pasajero de mi pueril sentimentalismo. Pensé que la tristeza ilusoria se desvanecería al acabar la adolescencia, pero crecí a una adultez llena de carencias.
Me hallo en fotografías donde alguna vez fui parte, donde los temblorosos ojos se muestran sin distracción, y la distinguida luz en la retina de mis ojos parece querer estremecer mi nostalgia con algo más que barro sobre la maleza.
Algo más que sólo nubes en mi cabeza.
Quizá, en algún punto ciego de mi inconsistente e inestable, sea más que estos ojos tristes que aún temen el final del viaje.

mael
love, fleeting or fractured, leaves traces. like footprints in snow, they fade but never vanish.
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