Estoy triste.
No como se dice en voz baja
para no incomodar.
Estoy triste
como cuando el cuerpo se rinde
y la cabeza todavía insiste
en seguir.
Estoy triste
aunque agradezca todo.
Aunque haga listas mentales
para convencerme
de que nada debería doler tanto.
Estoy triste
y me disciplino para que no se note,
para que no canse,
para que no sea una carga.
Me voy de Buenos Aires
con ese nudo antiguo
que se arma solo,
que ya no sorprende,
porque sé
que ninguna despedida
se vuelve costumbre.
Cada una duele
como si fuera la primera
y la última a la vez.
Me subo a un auto, a un micro,
con la frente en alto
y el corazón rendido,
como quien sabe
que no hay forma digna
de irse sin perder algo.
Siempre que vuelvo a casa
mi mamá y yo nos dejamos palabras
en un cuaderno.
Es nuestra manera
de fingir
que ninguna se va del todo.
Esta vez el cuaderno no estaba.
Agarré una hoja en blanco,
sin renglones,
sin bordes,
como si tampoco hubiera
dónde apoyarme yo.
Y la letra se me cayó.
Toda.
Sin resistencia.
Como si el cuerpo
ya no pudiera sostener
ni siquiera
la forma de las palabras.
Me acordé de que cuando era chica,
en la escuela,
decían que si al pasar al pizarrón
la letra se iba para abajo
era porque estabas triste.
Ahí entendí
que no era la hoja,
ni la lapicera,
ni el cansancio.
Era yo
dejándome ver
sin querer.
Estoy lejos.
Y la distancia no es un lugar:
es llegar siempre tarde.
Es perderme los procesos
y enfrentar solo los cambios.
Es no ver cómo pasa el tiempo
y sentirlo igual
cuando ya es irreversible.
Los cuerpos cambian.
La familia crece.
Mis papás envejecen
sin que yo pueda estar ahí,
mirando de cerca
cómo sucede,
cómo se pasa la vida
en gestos mínimos
que después extraño de golpe.
Camino cuadras que me parten
porque el amor empuja
aunque el cuerpo no dé más.
Y cada vez que vuelvo
entiendo que hay heridas
que no necesitan presencia
para seguir abiertas.
A veces alcanza
con que mi cuerpo esté en este lugar
para que todo lo que sostengo
se caiga adentro mío.
Vuelvo a una casa
que ya no es del todo mía,
no sé si alguna vez lo fue,
y dejo otra
que todavía no siento hogar
porque sigo armándome
mientras la habito.
No sé dónde pertenezco
cuando estoy partida.
No sé si pertenezco a algún lugar.
Y eso cansa
más de lo que digo.
En mi corazón
vive la necesidad
de ver a las personas que amo estar bien,
aunque sepa
que no depende de mí.
Y aun así,
cuando las veo mal,
me culpo.
Como si mi ausencia,
mi distancia,
mi falta de constancia física
tuviera el peso
de algo imperdonable.
En mi vida siempre elegí la verdad
y casi siempre
me quedé sin refugio.
Porque la verdad no cuida,
no abraza,
no espera:
expone.
Deseo estar bien.
No por premio.
No por mérito.
Sino porque estoy agotada
de resistir
como si eso fuera vivir.
Dicen que hay que tocar fondo
para valorar la superficie.
Yo no quería aprender así.
Pero igual caigo.
Siempre caigo.
Soy vulnerable.
Y eso no me salva.
Solo me deja
más disponible
para el dolor.
Estoy triste.
No hoy.
No por algo puntual.
Estoy triste
desde un lugar que no sabe
cuándo va a descansar.
Estoy triste desde siempre.
Y lo más triste es reconocer
que esto que siento
jamás se va del todo.
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