En cuatro días se cumple el tiempo de mayor duración de quien escribe esto con la práctica del psicoanálisis. Noventa días. Tres meses. Un trimestre. La misma cantidad de tiempo que, dicen algunos practicantes del amor romántico, resulta prueba fehaciente de que el vínculo va por buen camino. Entonces eso indica que, a esta altura, las probabilidades de que yo abandone a mi terapeuta son realmente muy pocas. Diría que son casi nulas. Ya no podría un día cualquiera mandarle un mensaje diciendo -no puedo seguir, Miguel. Un beso.-, como pensé en decirle después de las primeras dos sesiones. No podría porque me obliga a abandonar mi adicción con suspender o en su defecto postergar las cosas para otro momento, y esto no es porque de repente me apasiona ser una persona que se psicoanaliza semanalmente, sino porque si yo no le aviso que voy a cancelar la sesión veinticuatro horas antes, se la tengo que pagar igual aunque no vaya. Y resulta que yo nunca se la suspendo porque cuando tengo muchas ganas de hacerlo ya estoy arriba del 110 de las cinco y media de la tarde de un lunes. El lugar, la hora y el día de la semana indicados para escuchar adolescentes eufóricos que salen del colegio hablando de por lo menos cuatro temas distintos al mismo tiempo, o ver gente con auriculares que bosteza o el tipo que nadie sabe por qué pero vive a 220 y siempre está mandando audios que tienen que ver con laburo probablemente pero que sacado de contexto todo eso que está diciendo parece un chanchullo porteño de los grosos.
Abandono rápidamente al arrepentimiento y me aferro al nerviosismo de no saber cómo empezar la sesión.
Vuelvo a este texto cuando faltan tres días para que se cumpla el tiempo de mayor duración de quien escribe esto con la práctica del psicoanálisis. Esta mañana mi madre me habló para preguntarme si seguía yendo. Justo. Le dije que sí, que sigo. Quiso saber si me viene funcionando y le respondí que creo que sí, que todo bien, que estoy laburando el bocho, así, textual. Ella rió con algunos jajaja y me dijo que somos seres complejos, así, textual. Mi madre no hace terapia, nunca en su vida fue a un psicólogo. O por lo menos en mis veintitantos de años no me enteré de que lo haya hecho. Sí estoy segura de que mi padre requirió los servicios de un terapeuta alguna que otra vez pero prescindió de ellos rápidamente. Mis hermanos tampoco se analizan, aunque una de mis hermanas sí lo hizo durante algún tiempo pero eso se terminó porque dice que su analista la ghosteó, así, textual.
Me estrello contra mí
Son las ocho de la mañana y en media hora tengo que ir a trabajar
Afuera parece que hace frío porque vi gente abrigada
Viéndome en el espejo pienso que estoy transpirada porque el calor que siento es desmesurado
Me miro el pecho y parece que mi corazón va a salir despedido hacia afuera derecho al lavamanos
Yo me sentía de una manera y ahora me siento de otra que es exactamente opuesta a esa
Escucho la sirena de la ambulancia y me aturde
Pienso que al menos no es a mí a quien están yendo a buscar
Ahora no encuentro las llaves para salir
Hace unas horas tuve ganas de ver a alguien que no voy a ver nunca más ni de casualidad
Espero que la hora sea la exacta y le toco el timbre a Miguel. Nunca me contesta por el portero porque no anda pero la primera vez que se lo toqué me aseguró que suena fuerte así que es imposible que no se entere que llegué. Baja, me abre la puerta y subimos. Esta vez, por alguna razón, empezamos hablando sobre procrastinar. Por un momento ambos nos preguntamos por la manera correcta de decir esta palabra. Procastinar o procrastinar. Rápidamente reconocemos que la que está bien es la segunda, la más incómoda de decir. De hecho en esa incomodidad gramatical que se produce en la segunda sílaba, está el sentido de su significado: cras quiere decir 'mañana, el día siguiente'. De todas maneras esta palabra tiene una cantidad exagerada de sinónimos más fáciles de pronunciar. Por qué procrastinar y no postergar, atrasar, demorar, postergar, posponer o dilatar. En realidad no importa cuál se elija, todas las opciones posibles conducen al mismo destino que todo humano conoce: la acción de procrastinar resulta de una comodidad inigualable hasta que se permanece tanto ejerciéndola que hay que probar otra cosa. Como cuando se duerme cierta cantidad de horas en una posición que parece cómoda hasta que un hormigueo en un brazo o una puntada en la espalda indican que hay que meter un cambio porque de lo contrario el riesgo de levantarse seriamente contracturado es alto.
Ahora mismo siento que el tiempo está pasando extramadamente rápido y me molesta porque quisiera seguir escribiendo, pero tengo que hacer algunas cosas más antes de irme a dormir y despertarme por calambres en alguno de los dos gemelos. Aunque hace varias noches no me pasa concretamente. Creo que porque cuando está a punto de suceder la contracción muscular, yo hago un movimiento que hace que quede sólo en eso, en un amague. Tengo tan adquirido el hábito de procrastinar que puedo hacerlo con mis falencias físicas. Este párrafo empezó con un lamento por el paso del tiempo y automáticamente me arrepiento de lo escrito porque recuerdo algo que dijo hace miles de años atrás un matemático y poeta persa llamado Omar Jayyam: el tiempo se avergüenza de aquel que se entristece pensando y apenándose por el paso del tiempo.
Si te gustó este post, considera invitarle un cafecito al escritor
Comprar un cafecitoRecomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión