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Trigal de Ginza

Feb 23, 2025

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Trigal de Ginza
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Hay un campo amarillo, que se extiende hasta el puerto. Nunca pude atravesarlo, hasta ese día que me propuse acortar camino. Tomé coraje, apreté el gorro contra mí cabeza, algo turbada por el viento y la premura, y salí en dirección al pastizal. Tras él, serpenteaba un camino de piedras diminutas, que generaba un polvo blanco, casi invisible, que se metía en la garganta. Me hacía toser, y con cada espasmo debía atajar el gorro que amagaba con caerse al suelo. A los costados, un amplio trigal copaba la vista hasta fundirse con el cielo. A lo lejos, las nubes parecían también doradas. Y ya no se distinguía qué era reflejo del sol y qué de la cosecha. El límite entre el cielo y la tierra se volvía traslúcido en ese sendero, donde el ruido lejano del mar te arrastraba de nuevo al calor del verano. Te hacía desear el final, llegar de una vez a la brisa salada que diera un poco de alivio a la piel abombada. Irritada por la inclemencia del clima. Pero justo en ese momento es cuando me detuve. Respiré hondo, cerrando los ojos y enfocándome en los varilleros y cotorras que sobrevolaban ruidosos y devoraban las espigas. Englutian como plagas, transformando los racimos amarillos en varas peladas. Fantasmas diurnos agrisando el paisaje. Y aún así era bello, como no todo lo colorido es alegre, tampoco lo opaco debería ser insípido. Llevaba oculta una profundidad que solo puede contemplarse en la indolencia. O al menos así lo percibía. Apretando el paso, pensando poco y mirando mucho, en mí camino al puerto de Ginza.

Eliana Marina

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