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Aún recuerdo el día en el que te fuiste. La forma en la que tomabas mis manos me daba esperanza, el murmullo de la gente en aquel viejo vagón de tren tranquilizaba mis pensamientos. La brisa movía un poco el pelo que reposaba sobre tu frente, el viento helado te había dejado los labios secos, rotos y tu piel ya colorada del frío y de la pena me recordaba al fuego.

Yo no había llevado abrigo esperando a que recuerdes traerme el suéter que me habías prometido, pero lo olvidaste. Temblando un poco, mirándonos frente a frente, cerca de la puerta del vagón te pregunté si era la decisión correcta, solo respondiste dándome un beso en la frente.

Se escuchó el silbato del maquinista, bocinas estridentes de trenes llegando y otros yéndose. El sonido de los pasos de la gente se me hacía ensordecedor, no lo soportaba.

Apreté tus manos con cariño, tus ojos se reflejaban en los míos. Me di cuenta que tenías puesta la misma ropa que el día en el que nos conocimos.

Sigo viendo tus ojos cuando me miro al espejo, extraño mi suéter y espero que me extrañes, porque de alguna manera siempre te voy a estar esperando. Cada vez que escucho al tren pasar, añoro que no me olvides.

Constanza Quattrocchi

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