Tren.
Abr 30, 2026
En algún momento fui lo suficientemente grande como para subirme a un tren y saber a dónde iba.
Ya no tenía que mirar atrás y encontrar los ojos de mis papás o de mi hermano mayor con un "¿Y ahora para dónde?" en las pupilas. Ya no tenía que preguntar en algún local donde quedaba mi destino, en qué calle tenía que doblar para no perderme.
En mi ciudad nunca llegué a aprenderme los nombres de las calles, reconocía mi alrededor por carteles, colores y esquinas: "¿Cuáles son los lugares de encuentro en Ituzaingó?" le preguntaba a mi mejor amiga cuando recién nos estábamos conociendo, y así repetía la pregunta con todos.
Cuando fui lo suficientemente grande para subirme a un tren, mi memoria tuvo que dar un paso más. Los carteles, los colores y las esquinas seguían ahí, pero los nombres fueron cruciales para no andar en círculos. Aprendí que muchas calles tienen el mismo nombre y no son las mismas, como las personas, o que una calle extensa no es igual en aspecto en un lado de la ciudad que en otro. La zona le da el toque mágico y en ocasiones es importante tenerla en cuenta.
A veces me pregunto en qué momento fui lo suficientemente grande para estar sola por el mundo, sin ojos a los que preguntar, sin miedo a perderme.
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