Travesía
Es una tarde diferente. Desciendo por los peldaños de la escalera de mi viejo departamento, de mi burbuja de protección. Salgo a la calle y me lanzo a caminar sin rumbo, dirección ni destino.
Caminar así es bueno: lo impredecible es lo real... lo sorpresivo es lo real.
Apuro el paso y el milagro se produce: inspiro lo nuevo y expiro lo malo, lo triste y feo.
Una leve brisa acompaña mi errático camino: ella conoce mi destino. A cada tramo de mi recorrido surgen muchos recuerdos, algunos alegres, otros dolorosos... pero todos cargados de una gran emocionalidad… los dejo ir.
Vulnerables al viento, las hojas de los árboles caracolean en el aire hasta caer al cauce de La Cañada, mostrándome así la finitud de mi vida. Una vida entre muchas otras, pero igualada en la misma agonía existencial.
Los sonidos de la urbe me sorprenden. Las bocinas de los automóviles, el incesante rumor citadino, la alegre música de los bares. Frente a la iglesia oigo la voz del sacerdote pidiendo a Dios por sus feligreses, que oran en silencio para que sus deseos les sean concedidos.
Ahora recuerdo las infantiles risas de mis hijos —y mi alma se regodea—, los invisibles ladridos en mi barrio y los inolvidables cielos de octubre. Un extraño calosfrío me invade al decirle adiós a esos nostálgicos fantasmas del pasado.
Continúo mi camino un poco más aliviado, pero no lo suficiente.
En la siguiente esquina me espera la nostálgica imagen de mi primer amor... y unos metros más adelante las promesas incumplidas por mí y por los necesarios protagonistas de mi pasado. Ahora aparecen las esperanzas vanas... los fríos amaneceres... las derrotas y dolores del alma. Me despido agradecido por todo lo que de ellos aprendí.
Liberarme es mi propósito. Por eso busco la confluencia entre mi ser y mi destino. Sé que debo intentar ser un manifiesto de amor incondicional, primero para mí y luego para mi existencia.
Liberar... dejar ir... soltar... dejar salir... olvidar.
Los pájaros de plumas marrones conocen mi propósito, para muchos utópico... Pero no para mí. Me dirijo hacia el río en dirección opuesta a la que lo hacen todos... ¿Por qué no hacerlo?... Ir en esa dirección es una de las decisiones que debo tomar si deseo ser feliz: así de fácil... así de difícil... Lo importante es tener el valor para hacerlo.
Liberar... dejar ir... soltar... dejar salir... olvidar.
Estando frente al río, contemplo su corriente sometida a una presión que lo estrangula desde que entra hasta que sale de la urbe.
En su eterno andar, el Suquía me recuerda una frase escrita hace ya miles de años:
Nada será lo mismo...
Nada será lo mismo...
Nada será lo mismo...
Qué razón tenías Heráclito...
Ahora comprendo: no soy blanco, ni negro... ni originario, ni europeo... ni rico, ni pobre.
Soy Sentimiento, Emoción y Pensamiento... Soy un todo.
Estoy viviendo...
De regreso veo las cosas de manera diferente. Tienen la misma forma, pero ahora puedo distinguir sus verdaderos colores.
Mi mochila quedó vacía. Subo las escaleras, entro a mi departamento y abro el ventanal por donde ingresa otro aire: uno real, diferente.
Ya estoy listo... ahora me he dado cuenta:
La travesía hoy comienza.

Roberto Dario Salica
Roberto Darío Salica Escritor de Córdoba, Argentina. A la fecha, ha publicado cinco libros, uno de cuentos para niños, poemas, relatos de la infancia y de relatos fantásticos.
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