Te observo desde detrás de la barra. Sos quien más llama la atención en este lugar de mala muerte, aunque algo me dice que llamarías la atención en cualquier lugar al que fueras. “Ragged”, te apodó mi compañera, una vez que te señalé con disimulo. Hay otros adjetivos que podrían describirte aún mejor. No soy escritora: lo he intentado por muchos años, y por más que lea un montón jamás pensé encontrar a alguien al cual el vocabulario se le quedase corto. Algo me dice que vos tenes mejor léxico que yo. Tal vez sea esa pinta de hippie mago grunge tan extraña, o las runas en tus nudillos.
Me da vergüenza admitir que he observado hasta el más mínimo detalle tuyo, como si hacerlo me llevase a manifestarte en mi vida. Y de alguna forma, funcionó. Seguís acá, todos los días en este café. Al principio no te atendía yo, pero supongo que al ver como te observaba (¿tan obvia soy?) mis compañeros me cedieron el lugar y ahora soy yo tu mesera de confianza.
Te miro, una y otra vez. Tu cabellera parece sucia, de un color antinatural. Lucís mayor que yo, tal vez por unos cinco o seis años. En general me atrae eso: hombres más experimentados que yo, aunque no se ven como vos lo haces. Tal vez nunca me habría fijado en vos de no ser por aquel día en que interactuamos, antes de servirte siempre el desayuno.
Te llevé un café, sin leche, cuando te detuviste y me clavaste una mirada tan distinta a la de los demás comensales. Me quedé petrificada, por alguna razón extraña del universo. Y entonces me extendiste la mano. Te presentaste, con nombre y apellido incluso, como si estuvieses sacado de “Orgullo y prejuicio”. Te sonreí, recordando el escueto entrenamiento que nos habían dado para tratar con los clientes. Ahí noté los tatuajes en tus manos, y por alguna razón que no me pude explicar me dio un poco de rechazo.
Te pregunté en qué te podía ayudar. Y vos me respondiste, con un acento que no era precisamente de acá, de una forma atropellada y dulce. Me dijiste, y esto jamás me lo voy a olvidar, que me buscabas a mi. Sabía que estabas borracho. Si bien no tengo olfato, era más que obvio. Cómo arrastrabas las palabras, con tu voz cantarina y tu tono amigable. Sé que no debí pensar mucho de ello, de una interacción más que banal.
Y sin embargo, sigo sentada en la mesa de este café, sabiendo que vos también me observabas. Hace dos años que te vi por primera vez, y de este encuentro no ha surgido nada. Nada, excepto un anhelo que no puedo acallar por más que lo intente. Y sé que vos en algún momento lo sentiste, pero por cada vez que paso por tu mesa, ese deseo parece apagarse tanto, que ahora solo podes tolerar el mío.
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