El otro día tuve un impulso.
Bajé la guardia, me di el gusto.
Ella cree que estoy esclavizado,
la sangre no me da
para decirle que está equivocada.
¿Acaso le debo una explicación?
Si fuera el caso, ambos
estamos igual de esclavizados.
Sé más de lo que quisiera.
El que busca, encuentra.
Yo encontré sin buscar.
Así es hace meses.
La vida pone gente en mi camino.
Una seguidilla de casualidades
me llevó a reencontrarme
con la parte más morbosa de mí.
Le di la razón más de una vez.
Me tocó despertarme,
mirar a mi lado y preguntarme:
“¿Otra vez esto?”
A falta de alimento para el alma,
alimenté a mi demonio interno,
aquel que perpetra,
que usa y se aprovecha.
Me transformé,
varias veces,
y por un par de horas,
en la persona que ellas
querían que fuese.
Siempre la misma historia,
la misma rutina.
Me despierto,
acuso un compromiso,
me visto
y emprendo la partida.
Recibo un mensaje:
“La pasé re bien”.
Respondo por culpa
y me demoro
entre dos días
y dos semanas.
No es lo que quiero,
es lo que el cuerpo pide.
Pero mi alma sigue hambrienta.
Me pide intimidad,
entendimiento,
conexión,
y yo se la niego.
El futuro se ve lejano,
pero se siente tangible.
Lo estamos armando ahora
y no puedo darme el lujo
de enamorarme de nuevo
ni de sentir alguna clase de apego.
No me permito sentir ternura
y hay un límite de encuentros.
Mucho mejor para los dos
si jugamos el mismo juego.
Mi corazón está fragmentado.
Ya amó todo lo que tenía que amar,
al menos a los demás.
Porque ahora me miro al espejo
y entiendo la admiración,
el deseo.
Y no es que peque de egocéntrico,
es que siempre me pasa lo mismo:
comparto lo que es mío,
lo que llevo dentro,
y cuando llega el momento,
las promesas no valen nada.
Muchas podrán decir
que conocen mi cuerpo desnudo,
pero casi nadie
vio desnuda mi alma.
Y todavía,
nadie,
jamás,
la vio desnuda por completo.
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