No parece haber mundial que nos ampare, el odio fue instalado, la distancia es preferida y el respeto es cosa de antes. Salís a la calle y todo es hambre e injusticia mezclado con apatía y la extraña sensación de que cualquiera es tu enemigo. Los días fríos se entremezclan entre todo esto haciendo que la gente confunda su frío interior con el exterior. Las pieles se enduerecen y muchas se quiebran. Hay sangre en cada extraño que camina, incluso en mí, que tengo heridas abiertas sin suturar. Quizás por eso a veces siento que me estoy muriendo mientras simplemente estoy viviendo, esos pequeños momentos en los que mi corazón parece querer arrancarse a sí mismo y mis entrañas se acongojan.
Me trato de mantener acojedora para ser diferente de este odio comunal que da vueltas como un virus, salvo que para este no hay máscara ni cuarentena ni vacuna que lo repela, y, si te agarra, no es tan fácil dejarlo ir. El odio se cuela en tu garganta sintiéndose como una daga ahí clavada, el dolor que genera es todo lo que sale de tu boca; barbaridades y malos tratos hacia nadie en particular. Eso da lugar al enojo, el que tanto veo por las calles, ese que exubera cualquier extraño que tuvo un mal día. Muchas veces lo derraman sobre mí como un baño de agua helada. El enojo se toma su tiempo, creés que lo dominaste, pero este te tiene con una correa bien sujeto del cuello, ahí donde yace tu odio. Ni cortándote la cabeza vas acabar con él, simplemente se va a seguir propagando.
Voy a mi casa, a mi cuarto específicamente, el pequeño nido caliente y acojedor. Caliento mis manos, libero mi sangre. Me permito doler, dejo que mis heridas se expandan como un pedazo de chicle. Me disuelvo en la música que escucho de fondo mientras me derrumbo ante el conocido vacío. No grito, pero cómo me gustaría hacerlo. Veo las caras, escucho las voces. Todo eso que enfrenté durante el día, sigue en mí y seguirá dentro de mí, ahí guardado como recuerdo de todo lo que pasa allí afuera. Veo a la mujer que me quiso vender unas golosinas en el tren, pero que las arrancó de mis manos cuando se las devolví. Retumban en mi cabeza las palabras de aquél hombre diciéndome: "Podrías cruzar la calle con buen humor, nena". Cierro los ojos ante el insistente bocinazo del auto que pasó junto a mí en mi bicicleta. Todo se repite como en una calesita de pesadillas. Si pudiera, me tiraría mientras sigue girando.
Me quedo en el piso, sangrando, pensando en cómo toda esa gente de expresiones chuecas y dentadura apretada deben estar haciendo lo mismo, todos sufriendo por el sufrir de otros que se nos es tirado encima como una bomba cayendo de un avión. Me aterra pensar en que el amor está muerto y que lo único que queda es bancarse este malestar hasta la muerte. Solo puedo acercarme a los que ya tengo en mi vida, a los que conozco, y pedirles cariño como un perro que te cabecea violentamente para que le des otro manotazo de amor en la barbilla. Necesito afecto. Necesito curar estas heridas.
Afuera sigue haciendo frío. Se escucha cómo los bocinazos se funden en la noche.
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