El bondi que pasa por la esquina de su casa atina a llegar siempre en el mismo horario; por las noches, su frecuencia se vuelve lenta y en extremo dilatada por el largo trecho que el transporte de pasajeros realiza arduamente y a diario.
El ocaso en ese páramo olvidado se transforma en la tristeza más pura y en la sentencia fortuita de que el viaje podría durar una eternidad, y sin embargo, ahí en aquel lecho petrificado en el tiempo: la dulzura del silencio abraza esa sensación imperceptible a los ojos, inenarrable a los sentidos, indómita al carácter. Mas sólo provista de tacto para los harto agudos corazones, para las almas más divinas, para quienes encuentran consuelo en lo solitario del camino.
De pronto sintió harto profunda soledad; la más inquisitiva que pudo haber sentido jamás y ningún abrazo bastó, y ningún beso alcanzó para dar luz a su corazón. Porque, en lo más profundo de su ser, él ya sabía que tales ademanes mostraban sólo con tristeza lo que alguna vez había sido. Entonces, derrotado y melancólico, miró hacia adelante y nada significó ni valió la pena, nada volvió a brillar y nadie vio, por lo tanto, que había muerto. Dado que su centro continuaba latiendo, sus poros seguían inhalando el brioso soplo de oxígeno que el benevolente mundo otorgara a sus inexpertos caminantes, y su semblante aún auguraba reacción frente al estímulo. Sin embargo, en lo recóndito de su existencia, él sabía que había cosas jamás diría y, que con temor sentenciaba jamás poder decirlas alguna vez.
Fue así que pensó: “¿Qué me queda, pues, si el amor no me es fortuito, si propios y ajenos rehuyen de mi confianza, ahora que mis padres murieron; que el tiempo ha escapado a lo lejos con mis sueños y que mi familia es eco de traiciones y desventuras, perjuicios y variopintas y disímiles morales?”
“¿Qué me queda?”, pensó aquella noche en la taciturna y, aparentemente, dócil estación de Turdera. “¿Qué más me queda que la compañía de la soledad? ¿Qué más me queda más que diagramar el futuro o el no futuro en la frivolidad de un nuevo y tormentoso amanecer?
¿Qué más me queda que el viaje, los trayectos, el destino incierto y el palacio de rutas que muchas veces olvidaré?”, sentenció con pena mientras los autos pasaban sobre la silenciosa y anacrónica avenida, en la petrificada sensación que el frío y el movimiento sinuoso y sinfónico del viento otorgaban a ese sutil y ominoso momento de angustia.
Fue entonces que, entre el letargo de su espera y las virtuosas y opacas luces que lo iluminaban, pudo sentir la gélida sensación de que no había caminos posibles y que si alguna vez existió sosiego, ahora, sólo había quedado aquel ruín sentimiento de imposibilidad, de inexistencia, de melodrama.
Y, como el movimiento que devora a todos los tiempos el tiempo, no le quedó más nada y el peso de sus decisiones lo trastornaron y lo fragmentaron, y ya no pudo volver a armarse porque había perdido el eje. Ya no sabía quién era, ni adónde iba, ni de dónde venía… lo único que existía eran imágenes sutiles y muy borrosas de algunos recuadros de vidas pasadas.
Así fue que meditó su desidia mas no experimentó absolutamente nada. Pues nada había porque muerto estaba y en su corazón habitaba ahora lo único que lo mantenía en pie: el agridulce sabor de quienes conocen el día de su olvido.
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Elías Brizuela
Escritor, periodista y fotógrafo. 29. Me dedico a la comunicación pero escribo por la necesidad de mi alma por contar las otras historias, los otros sentimientos.
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