Está en el puerto igual que ayer. Espera la figura de un recuerdo, el olvido.
Son las seis y veintitrés, donde los barcos descansan hay un hombre, dos cafés y un ramo de violetas.
Otro barco llega, los pasajeros descienden y ella no está entre la multitud; él sigue ahí aunque sabe que no va a volver. A veces le parece oírla, sentir su perfume, pero es una ilusión a la que se ha acostumbrado. Ella no tiene motivos para regresar.
Son las seis y veintitrés, tiene miedo, no sabe si mañana despertará para esperarla. Tiene miedo porque quizá ella llegue con ganas de verlo y no lo encuentre. Alguien lo acompaña. espera valijas y bolsos que, a diferencia de ella, siempre regresan. Lo envidia; puede llenar los espacios vacíos, no necesita extrañar y él está ahí, incompleto.
Es consciente de que no va a volver, pero su nombre se repite. Desearía poder olvidar, quemar los barcos y tirarse al mar, recomenzar.
Seis y veintitrés, ella no regresará y él cruza la plaza (otra vez) imaginando que en un fallo de probabilidades sí decidió volver. No está muy seguro de la fecha, todos los días se le volvieron iguales; alguien le recordó que el cumpleaños de ella está cerca, entonces es abril, aunque en su calendario siempre es abril.
Un café se enfrió, el otro sigue ahí; se encarga de acompañarlo mientras él mira las olas surcar el horizonte.
Llueve, hace frío y ella no llega. Incluso el mar extraña su calma, está inquieto, corriendo de un lado a otro. ¿Regresará algún día? Hoy no hay nadie en la costa, excepto por él, que decidió traer las violetas y otro café, que casi es agua.
Seguro se ha perdido y por eso no vuelve, pero la realidad es que para ella no queda nada ahí, solo él; un fantasma que vaga, una memoria de un pasado en que nadie la abraza.
Seis y veintitrés. Puede ser la última. Solo hay un café y las flores se las quedó el florista. Los pasajeros se asoman en busca de un loco que espera una silueta.
Son las seis y veintitrés, siempre lo serán. El reloj solo sabe marcar la hora en que ella se fue; el tiempo siempre recordará, a diferencia de él, que la vejez le va llegando.
Te estoy olvidando.
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