El semáforo está en amarillo.
La persiana hasta la mitad
la bombilla de luz está gastada, pero no se apaga
la palabra mas o menos.
Miro el marco de la puerta, siento algo que no es frío, pero tampoco caliente. Es tibio, como el café que espera en la mesa. El 21 de septiembre llegó temprano y aún sin flores, el otoño todavía no se desprende de sus hojas. Hay nubes oscuras pero no llueve. El reloj que está frenado en las doce en punto de un 27 de diciembre.
La marea está quieta.
El gris.
Nosotros.
Nada se rompe, nada pasa.
El lugar está casi vacío. Hay algunas luces pero no alcanzan. Por las dudas hablo en voz baja, estoy segura que el amor se quedó dormido, pero ¿si hablo y al final no está?
Pongo la mesa para dos personas. Todavía no llueve. Todavía la primavera no florece.
El plato permanece intacto. La silla no se mueve, pero espero algún portazo. Alguna ruido que me confirme que hay alguien en otra habitación.
Pero el silencio no responde.
Voy a seguir susurrando, quizás en algún momento se despierta.
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