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Todas las plegarias empiezan equivocándose.

Jul 15, 2026

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Todas las plegarias empiezan equivocándose.
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Esta noche me siento al borde de la cama y hablo con algo que no sé nombrar.

Le digo “Dios” por costumbre. Fuerza superior cuando quiero parecer razonable. Universo cuando me siento poético. Azar cuando estoy enojado. Pero la verdad es que no sé qué hay del otro lado de mis palabras. Tal vez nada. Tal vez alguien. Tal vez una inmensa habitación vacía donde las preguntas siguen flotando mucho después de haber sido pronunciadas.

La habitación está oscura. Apenas entra un poco de luz por la ventana. Los muebles parecen animales dormidos. Las sombras se estiran sobre las paredes como ramas. Pienso que la noche tiene algo de océano. Uno se sumerge en ella y las cosas pierden sus contornos habituales. Las preguntas se vuelven más grandes. Los recuerdos también.

Por eso levanto la vista y hablo.

Fuerza superior, Dios, o lo que exista, si es que existe algo superior, no permitas que la tristeza vuelva a acorralarme en la esquina de esta habitación. Vos sabés cuál. La misma donde se acumulan las derrotas que nunca cuento. La misma donde me siento cuando el mundo pesa demasiado. Hay lugares que terminan aprendiendo nuestros nombres. Esa esquina conoce el mío mejor que muchas personas.

No dejes que el dolor me robe la voz. He visto cómo trabaja. Llega despacio. Primero convierte las palabras en piedras. Después transforma las conversaciones en un esfuerzo. Finalmente, uno deja de hablar porque ya no encuentra la diferencia entre explicar lo que siente y arrastrar un cuerpo cuesta arriba. Y yo no quiero desaparecer de esa manera. No quiero convertirme en un fantasma que todavía respira.

Déjame conservar la ternura.

No te pido felicidad. Ni éxito. Ni respuestas definitivas. Te pido algo mucho más pequeño y mucho más difícil: la capacidad de seguir conmovido. Que un atardecer siga pareciéndome un milagro. Que el vuelo de una mariposa continúe interrumpiendo mis pensamientos. Que el canto de un ave siga teniendo más importancia que algunas noticias. Que la prisa no termine devorándose mi capacidad de asombro.

El mundo corre demasiado rápido. Todo parece exigir inmediatez. Resultados. Respuestas. Productividad. Como si hubiéramos olvidado que los árboles tardan años en crecer y que las flores jamás discuten con el calendario. A veces siento que vivimos persiguiendo el futuro mientras el presente se desangra silenciosamente a nuestros pies.

Las lágrimas bajan entonces por mis mejillas. Avanzan despacio entre los vellos de la barba. No las seco. Las dejo seguir su camino. Me gusta pensar que el llanto se parece a los ríos. Ambos nacen lejos de donde terminan. Ambos avanzan incluso cuando encuentran obstáculos. Ambos entienden algo que yo todavía estoy intentando aprender: que la única dirección posible es hacia adelante.

Por eso esta noche no le tengo miedo a las lágrimas.

Me recuerdan que todavía estoy vivo.

Me recuerdan que el corazón continúa golpeando dentro del pecho.

Me recuerdan que todavía hay algo en mí que se niega a endurecerse.

Fuerza superior, Dios, o lo que exista, si algún día vuelvo a perderme, envíame una señal pequeña. No una de esas señales espectaculares que aparecen en las películas. Envíame algo sencillo. Un colibrí suspendido en el aire. Una luciérnaga encendida en mitad de la oscuridad. Una mariposa cruzando mi camino cuando más la necesite. Incluso una capicúa apareciendo en el número de una casa de forma inesperada.

Yo sabré entender.

He pasado demasiados años extraviándome como para no aprender el lenguaje secreto de ciertas coincidencias.

Porque sospecho que el universo habla en voz baja. Que sus mensajes no llegan como truenos sino como susurros. Que las respuestas suelen esconderse en los detalles que la mayoría de la gente atraviesa sin mirar.

Y si el mundo intenta borrarme, si los años intentan desgastar mi nombre hasta volverlo irreconocible, recordame quién soy. Porque habrá momentos en que olvidaré mi propia historia. Habrá días en que no reconoceré mi reflejo. Habrá noches en que me sentiré extranjero dentro de mi propia vida.

Pero si alguien sabe quién soy, si existe alguien capaz de encontrarme incluso cuando me pierdo de mí mismo, quiero creer que sos vos.

Entonces pienso en la muerte.

No como una amenaza.

No como una enemiga.

Pienso en ella como quien observa una puerta cerrada al final de un pasillo muy largo. Sé que algún día llegaré hasta allí. Sé que todos llegaremos. Y quizá por eso esta noche hago inventario de las cosas que importan.

Pienso en las personas que quise.

Pienso en las palabras que escribí.

Pienso en todas las veces que me senté frente a una hoja en blanco intentando entender algo que siempre parecía escapar un poco más lejos.

Pienso en mis manos manchadas de tinta.

Pienso en las frases borrosas que arrastro con el costado de la mano porque soy zurdo y escribir con birome de gel se me complica la vida.

Pienso en todas las preguntas que nunca encontré cómo responder.

Y, extrañamente, encuentro paz.

Porque tal vez la vida no consiste en comprender.

Tal vez consiste en buscar.

Buscar con obstinación.

Buscar con ternura.

Buscar incluso cuando uno sospecha que jamás llegará a destino.

Si esta noche fuera la última de todas, déjame dormir sabiendo que quise cuanto pude. Que escribí cuanto pude. Que me equivoqué cuanto pude. Que lloré cuanto pude. Que me maravillé cuanto pude. Que nunca terminé de entender el mundo, pero tampoco dejé de perseguirlo con la curiosidad de un niño que persigue luciérnagas en un campo oscuro.

Y si mañana despierto, si el sol vuelve a derramarse sobre los techos y los pájaros vuelven a cantar como si nada hubiera ocurrido, prometo volver a empezar.

No porque sea fuerte.

No porque esté curado.

No porque haya encontrado todas las respuestas.

Sino porque los ríos siguen avanzando.

Porque los árboles vuelven a florecer.

Porque las mariposas siguen apareciendo.

Y porque todavía hay una parte de mí que cree que la belleza, por efímera que sea, continúa siendo una razón suficiente para quedarse un día más.

Sólo eso te pido.

Fuerza superior, Dios, o lo que exista.

Nicolás

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