El viento cruza por los cristales rotos de la ventana. El aire se siente frío, pero no lo suficiente como para ponerme el abrigo.
La sensación es extrañamente familiar, me recuerda a los últimos días que nos brindamos compañía, por eso interpreto el silbido del viento como una señal de que ella vendrá a verme.
Pero no llega.
El frío continúa y yo me quedo con el cabello alborotado frente a los ojos, contemplando el vacío de la ventana. Guardo la esperanza de ver sus manos delineando el marco de madera y la brisa ondeando su cabello.
Qué ilusión me trae el frío de su soledad.
Tras la llegada de la medianoche el viento cesó, pero no hubo rastro de su aroma. No vendrá hoy tampoco.
Oh Luna, tú que eres mi única testigo, dime si soy un idealista al sentarme frente a este cristal con la esperanza de un regreso añorado en tu presencia. Guardar las esperanzas suena prometedor pero, ¿es realista creer que en algún momento iluminarás el camino para que ella logre llegar hasta aquí?
Aunque me considero una persona paciente, de nada me servirá quedarme con el corazón latiendo a prisa, solo para sobrevivir a la fría brisa de este no anhelado olvido.
Solo me queda esperar, tal vez ocurra un milagro, como esos que les suceden a los bienaventurados de fe.
Solo me queda aferrarme a esta silla cada noche, esperando que vuelvas siquiera a comprobar que aún existo, que aún te espero.
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