“Vos sos medio duro, medio difícil de extrañar”, me dijo un viejo compañero mientras le explicaba —de una manera extraña— a mi novia la suerte que tenía. “Soy muy amigo de mis amigos”, le respondí, confirmando sus sospechas. A él lo quiero bastante; después se lo aclaré. Pero no tuvimos la suerte de mecernos al ritmo indicado como para no tener que intercambiar esas palabras.
Más allá de todo lo que uno puede esperar o suponer de un regreso, hay dos cosas particulares que se destacaron en las dos semanas que estuve en Buenos Aires.
Diferente a mi primer regreso, este tuvo el condimento primero de ser solo por dos semanas. Como quien se va de vacaciones a Roma, o a París, o a cualquier otra ciudad del mundo, yo me aprontaba desde mi extraña casa, en una extraña tierra, con extrañas gentes, hacia mi casa-casa. Pero iba de visita, de curioso, de turista.
Turismo no hice —no tuve tiempo—; además, a la ciudad ya la conozco y tanto no la disfruto.
El segundo condimento tuvo que ver con el encuentro. Desde que me fui en agosto del 24 sabía que en mayo del 25 volvería para celebrar el casamiento de uno de mis más cercanos. Pero no solo volvería yo: cada uno de los integrantes de los años pasados se reuniría con una excusa. Y no se reuniría en un lugar, sino que la reunión tomaría forma en un momento que ya no nos pertenece.
Miento —me educó mi hermana la noche antes de que regresara hacia acá—: todavía nos pertenece, porque fue tan real y más propio que cualquier momento que la memoria me permita creer pasado.
Fuera de todo el ceremonial y protocolo en el que se requirió —debido a los sacramentos juramentados que nos convocaban— que nuestra emoción brotase casi predeterminadamente, hubo dos detalles que hicieron que mi piel se crispe y se torne dura de tanta emoción. Ablandarse jamás.
Quizás es verdad: era de esperarse que no fuera la ceremonia de boda o el civil —en el cual tuve que hablar de una manera menos elocuente de la que me hubiese gustado— lo que más me convocase (aunque fuese la convocatoria principal). Fueron dos los momentos que más me traje como alimento, para dosificarlos cuando el pan en mis días se agrieta.
Los partícipes son intercambiables, pero imprescindibles. Cada uno de ellos sabe cuánto y cómo se acomoda en los espacios que quedan entre mi sístole y mi diástole.
A un tipo como yo —quién sabe lo que aquello signifique—, encontrar dos momentos en los que el aire que entra no tenga sabor a pasado es un regalo que, sin exagerar, no recuerdo haber vivido muchas veces.
Con cierta misericordia, elijo ignorar el condimento que prestaba el telón de lo que vivíamos y la amenaza de su acaecimiento temprano. Dos momentos fueron los que yo —sin detenerme— disfruté como si fuesen la comodidad de un recuerdo que estaba sucediendo. Como si pudiese, por un segundo, dejar de llorar sobre lo derramado y en cambio dirigirlo, sin piedad ni ponderaciones, hacia mi centro.
El viaje
Recién llegado y ya cansado de festividades obligadas —entre las que incluyo un asado de bienvenida con mis más cercanos amigos—, me preparé sin tanto entusiasmo para emprender un viaje de 800 km hacia una veterinaria que serviría de hospedaje para la despedida de soltero.
Por gracia del destino o por una maniobra meticulosa de uno de los integrantes de mi grupo —o por ambas, que hasta donde me compete podrían ser la misma cosa—, me tocó compartir el auto con otros tres. Podrían haber sido otros, es verdad, pero solo hasta cierto punto. Agregaría quizás a uno o dos más.
Tengo la suerte de que, de querer haberlo compartido con todos, tendría que haber alquilado una miniván. Siete lugares, no más.
Pero la fortuna —o los cálculos de algún ingeniero— dijo que seríamos solo nosotros cuatro.
Ya escribir sobre las 8 o 10 horas que nos tomó llegar a destino sería impreciso; no las recuerdo. De hecho, si tuviese que recordar una o dos charlas, se me hace imposible. Consejos de paternidad hacia un padre desde tres personas que no cuidan ni las plantas de interior hubo, eso recuerdo.
Hubo también una parada, en la Shell de Marcos Juárez, donde Dean & Denny’s tiene la indulgente tarea de competir contra un shop agreste, en la cual tomamos la determinación de ir por el lado más largo, y sentarnos a esperar platos que, para mi sorpresa, estaban espectaculares.
Así, matambrito al limón mediante, nos tomamos treinta o cuarenta minutos para simplemente atestiguar la cofradía en su estado más puro.
Un proyecto de festival, las mesetas de un hombre que viaja sin rumbo, las intrincadas fórmulas para calcular el interés compuesto, sexo quizás; no es tan importante el contenido.
Lo venía hablando con uno antes de levantar a los otros: hay un punto tan pequeño —que si estás distraído puede ser imperceptible— en el que, frente a otro, empezás a notar cómo se diseminan las tensiones. En el que, por un momento, el círculo vacío de ser hombre empieza a friccionar de una manera tan sutil con los otros, y se empieza a formar una especie de diagrama de Venn; y en sus intersecciones encontramos, por primera vez, algo digno de ser llamado amistad.
Tengo la suerte de poder contar las veces que me ha sucedido; en general, los protagonistas son siempre los mismos.
Ojalá algún día entiendan de lo que hablo y no se acuerden de mí.
El café
Iba creciendo el olor a aeropuerto. Las manos empezaban a sudar pensando en la cola de inmigraciones que me dejaría —o no— entrar de nuevo al lugar que ahora llamo mi casa.
La resaca me había tenido sorprendente piedad después de semejante noche jubilar en la que, siendo el baile menester, también lo fue el alcohol —y Dios sabe qué otra cosa.
La noche del casamiento, el novio había sugerido un compromiso que sabía yo, después, le costaría afrontar: quería ir a conocer mi galería. La galería no es una galería, y tampoco es mía —es de mi hermana—, pero andá a explicárselo a él.
Tampoco creo que haya querido conocerla, no sé cómo explicarlo. Quizás lo esté subestimando, pero el arte y lo que el arte abarca no parecen atravesar el vasto océano de lo que le interesa.
Era lunes y convocamos. Me pasó a buscar uno, y mandamos a llamar al otro. Vino con su flamante esposa, y la novia del otro llegó al rato. Yo estaba con la mía. Mi hermana estuvo un rato, dotando a la junta de cierto criterio más allá de los raccontos de la noche anterior. Cayó la tarde y parecía que nadie quería irse.
Cuando uno está soñando, a veces empieza a sospechar que lo que está alrededor no pertenece del todo al reino de lo real, y comienza a agarrarse de lo que puede para que la fuerza de sus párpados no lo prive todavía de seguir soñando.
Decidimos ir a tomar un café un tanto más cerca de donde las cosas suceden en Buenos Aires. Ahí fue donde llegó el tercero. El tercero es como la lluvia: si no sos perceptivo te puede molestar —arruina la ropa y los peinados—, pero entrega la vida como ninguna otra cosa.
Él vino solo, porque la premura de la situación no le permitió otra cosa. Tres parejas y un profesor —que, doy fe, es algo improvisado— compartiendo no mucho más de treinta minutos en un café como cualquiera.
Nos fuimos aún agarrados a las patas de las mesas. Acompañamos al profesor al auto, y le di un abrazo sabiendo que los meses venideros serían secos. Las parejas seguimos hasta la puerta del apartamento.
A los novios los veré pronto; vivimos un poco menos lejos de lo indicado. Al otro lo abracé muy fuerte, y opuso cierta resistencia.
—No quiero llorar —me dijo.
Yo sí quería, y lo hice. Ya lejos, con la privacidad que se le permite a un hombre con vida compartida.
Dos momentos me bastaron. Parece que todo sigue igual. Sus parejas también —como quien llena con agua un vaso que tenía vino— les calman la sed y, a mí, me cayeron simpatiquísimo.
Después de todo, ¿a quién no le gusta el agua?
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