No podía dormir la siesta, estaba aturdida -de pensamientos-. Quería y necesitaba detenerme en un tiempo que no corriera, que me arrastrara lento.
Después de estar una hora mirando el techo, acostada en las sábanas transpiradas, y con el aire tímido del viejo ventilador, me senté, me estiré y me levanté.
Pausé todos los relojes de la casa, apagué el celular y salí. Caminé, caminé mucho. No sabía cuánto, pero ya empezaba a bajar el sol. Escuché agua cerca, frené y vi que un arroyo cruzaba la siguiente calle. Caminé hasta ahí. No tenía el tiempo pero necesitaba el lugar.
Me tiré al pasto, estaba húmedo, lo sentía en mis piernas. Solamente escuchaba el sonido del agua, de algunos pájaros y unos perros jugando más lejos. Pensé, ahora sí me estoy arrastrando lento, pero estaba equivocada. No sentí la lentitud hasta que ví a alguien que venía nadando por el arroyo, como dejándose llevar por la corriente. Me quedé mirándolo. El no se dió cuenta de que yo estaba ahí, hasta que "escuchó" a mis ojos mirarlo. Salió del agua, lo ví en cámara lenta mientras se sentaba en el pasto a unos metros de mí.
El pasto ya había mojado todas mis piernas, y mi trasero. Sentía calor. Lo miré, me levanté y me di cuenta de que estaba por tirarme al arroyo. Quería dejarme arrastrar, quería dejarme llevar -hasta él-, quería mojarme más. Lo miré de vuelta, me miró, y moviendo sus labios, sin emitir sonido, me dijo, tirate.
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