Heme aquí una vez más, sentado sobre un tronco bajo la sombra del viejo algarrobo, mirando hacia el descampado que me acompañó durante más de una década. El paso del tiempo dejó sus estragos y sus residuos.
Me es inevitable pensar que probablemente nunca vuelva a tener esa misma felicidad. Lo que ayer fue risa, juego y travesura, hoy es seriedad, angustia y decepción.
¿Quién no querría volver el tiempo atrás? Dejarlo todo para sentir, aunque sea por unos minutos, esa felicidad despreocupada de la infancia.
El algarrobo quizá cambió muy poco, pero el suelo, repleto de impurezas, me deja esa molestia en la panza que no se va, por más que me distraiga. Y me hace preguntarme: ¿en qué momento dejé que se llenara? ¿Por qué lo permití?
Ya nada es igual. Yo no soy igual. Ya no soy transparente ni despreocupado; vivo constantemente poniendo a prueba mi valía, comparando lo que alguna vez quise ser con lo que soy.
Quisiera volver diez, quince años atrás, aunque sea por unos minutos. Volver bajo ese algarrobo, y sentirme pleno, ligero. Y feliz.
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