Recuerdo cada detalle de aquella mañana. Recuerdo haber llegado al hospital en silla de ruedas por ser uno de esos días en los que el cuerpo pesaba y dolía tanto que no podía mantenerme en pie. Recuerdo cada sensación, desde el miedo y los electrodos en el pecho, hasta las correas alrededor de mi cintura y la pérdida de conciencia.
Había pasado por decenas de estudios antes, resonancias magnéticas, análisis sanguíneos, electroencefalogramas, y otros no tan comunes, como VNG (agua en diferentes temperaturas, entrando directamente a presión a tu oído para detectar la causa de tu vértigo. Sin duda, el peor), los médicos me habían puesto de cabeza más veces de las que podía recordar, y siempre, sin excepción, terminaba temblando y rompiendo en llanto. Ellos solían decir que era muy nerviosa, que tomara mis ansiolíticos y antidepresivos...En realidad, tenía una lesión y aquello no era sino mi cuerpo reaccionando a las pruebas vestibulares que eran agresivas para mi cuello, pero esa es otra historia. En fin, sabía que todos los análisis, tratamientos fallidos y tardes sentada sola en el suelo del hospital me habían traído hasta aquí, y que si la prueba de mesa inclinada daba positivo, entonces mi vida cambiaría para bien, y todo el dolor y los nueve años recorridos habrían valido la pena.
—¿Por qué estás llorando?— Susurró la enfermera al tiempo que me tendía la bata de hospital.
Ni siquiera había notado las lágrimas corriendo por mis mejillas. Las limpié de inmediato, algo avergonzada. Tenía miedo. No quise informarme acerca de la prueba antes. Si algo había aprendido los últimos años, es que cada estudio era peor que el anterior. Miré por el rabillo del ojo hacia la mesa, que se hallaba imponente al centro de la habitación. Quizás no sería tan malo…¡Vamos! estás exagerando, me dije a mí misma.
—¿Para qué son… Las correas?— Balbuceé.
—Oh, para que no caigas al suelo cuando te desmayes.
Mierda.
—Para eso te pedimos el suero oral. Ahora, ve a cambiarte, anda. Va a salir bien— Repuso en tono amable.
Cinco minutos después, ya con la bata puesta, eché un último vistazo frente al espejo y me sonreí a mí misma para tratar de calmarme.
La prueba de la mesa inclinada resultó ser una especie de simulador de gravedad, un examen diseñado para estresar el sistema nervioso autónomo y descubrir por qué falla. Acá entre nos, descubrí su fundamento en una clase de neurociencias años después, pero en ese momento no tenía ni idea. Me amarraron (sí, literalmente) a una superficie que se levanta casi en vertical, lo que anula por completo el movimiento de las piernas y te obliga a acumular la sangre en el abdomen y los pies. Atrapada en esa inmovilidad, llena de electrodos en el pecho y los brazos, los sensores registraban segundo a segundo cómo mi corazón se alocaba y mi presión arterial se desplomaba. Al quitarle al cuerpo sus “trucos” físicos para defenderse, el flujo de oxígeno al cerebro disminuye y el sistema nervioso colapsa, desatando de golpe todos los síntomas de mi día a día: Una oleada brutal de sudores fríos, náuseas, visión borrosa, mareo y una taquicardia asfixiante que terminó en un vacío negro denominado como desmayo.
En términos científicos, dicho desmayo es un botón de reinicio de emergencia. Cuando el cerebro detecta que la sangre no está llegando por culpa de la gravedad, activa lo que los médicos llaman “el reflejo Bezold-Jarisch”. A través del nervio vago, manda una orden drástica: Frena el corazón de golpe y dilata las arterias. ¿El objetivo? Obligarte a caer al suelo. Porque al quedar tirada en posición horizontal, la gravedad deja de estorbar y la sangre regresa automáticamente a la cabeza. Es una maniobra de rescate algo soberbia.
Pero claro, en la prueba de la mesa inclinada hay una trampa: Estás amarrado. Tu cerebro presiona el "botón de emergencia" para tirarte al piso, pero la física no se lo permite porque sigues atrapado en vertical (vaya, para eso servían las correas). La sangre sigue atascada abajo y el oxígeno no llega. Por eso, en cuanto los monitores registraron el colapso de mi presión y me desmayé, el médico tuvo que soltar la mesa de golpe para dejarla plana. Bajar la mesa no es un procedimiento amigable, básicamente es soltar una válvula de presión. Al ponerte en horizontal de forma artificial, el médico imita la caída que tu cuerpo intentaba provocar, permitiendo que la sangre fluya de golpe hacia la cabeza y devolviéndote la conciencia en cuestión de segundos.
Abrí los ojos completamente aturdida, observando cómo poco a poco la lámpara del techo tomaba forma.
—Positiva. Y bastante clara —dijo el médico.
Nunca nadie se alegra de que su cuerpo falle de forma tan drástica, pero para mí, ese "positivo" fue una estrellita en la frente. Nueve años soportando agua a presión en los oídos, antidepresivos y comentarios condescendientes, lo mucho que luché por tener una respuesta y la disautonomía estaba ahí, confirmada. No curada, pero por fin validada. Sentí cómo mis ojos se llenaban de lágrimas otra vez, pero esta vez no eran de miedo ni de dolor, eran de alivio. Ese fue, por mucho, el momento más importante de mi vida. Fue el día en que dejé de pensar que todo estaba en mi cabeza. La enfermera se acercó a retirar los electrodos, me miró desconcertada y volvió a susurrar:
—¿Y ahora por qué estás llorando?
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