He estado en estas tierras,no mías, ni tuyas, ni de nadie,
tierras que se mueven sin cesar
como si la tierra misma huyera de sí.
Yo, quieto.
yo, lento.
yo, peso que no cae,
mirada que no mira.
Muros que respiran más que yo,
sábanas que abrigan el cansancio,
no el cuerpo.
Y el alma —
¡ay! el alma —
chorrea lenta
como sangre de mordida profunda
del vampiro de lo cotidiano.
Pulmones, dos jaulas vacías,
llenas solo de ausencia,
de un aire que duele más de lo que sana.
Nada se siente.
Ni el placer,
ni el exceso,
ni la rabia,
ni el júbilo.
Solo el acto mecánico
de seguir recreando la farsa.
El sol quema.
No al ojo,
sino al hueso.
Y me escondo,
no del calor,
sino del juicio,
de ese fuego que delata lo muerto
aún de pie.
Observo al cuervo.
Me ve,
me huye.
Le llevo el peso del vacío
y eso, hasta un cuervo,
lo siente.
Quiero…
¡oh, cuántas cosas quiero!
Pero querer es un hilo roto
que no teje nada.
Y algo —no sé qué—
me ata con manos invisibles
al suelo que no quiero.
Algo que no puedo nombrar
porque ni siquiera me habla,
solo me observa
desde los cajones del mueble de roble.
Allí,
la muerte me susurra.
No grita.
No hiere.
Sisea.
Entre el bullicio del día,
es la única que no tiene prisa.
Paciente, húmeda,
como musgo que trepa la carne.
No me caza.
Me espera.
No corre.
Confía.
Y yo bebo jugo de
la panacea.
La falsa cura.
Y me duermo,
como un animal cansado
que ya no sueña.
Negro.
Vacío.
No hay dolor.
No hay cielo.
Solo el no-ser.
Hasta que, cobarde,
la mañana me revive
con su cruel piedad.
Y respiro otra vez…
el mismo aire que duele.

Kevin Baldimar Rojas Ramos
Mexicano-Guatemalteco, me gusta explorar y realizar caminatas, nada como beber un buen café por las mañanas.
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