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Teorema fundamental de las Agustinas.

Nov 27, 2025

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Belgrano C

  Me dibujó un corazón en el vasito de cartón. También me había dicho lindo cuando entré. —Se llama Agustina… No le creas nunca a una Agustina —dijo Sol mientras tiraba el vaso de café al primer tacho que se encontró. —Es tu segundo nombre… —Conocimiento de causa.

 Sol se levantó de la pequeña siesta en mi hombro abriendo sus brazos de par en par. Bostezo, luego se estiró golpeando tierna e inesperadamente mi costado izquierdo. Tuve que reaccionar con mi mano derecha en el banco para no caer. —Qué lindo, boludo —exclamó. —¿Qué cosa? ¿De qué hablás? —Pregunté sin mirarla. —¿Qué punto es? Quiero un suéter así para mi cumple. —exigió mirando a la otra punta del banco donde se había sentado la vieja. Luego se paró, me fue abandonando a pacitos mudos que la acercaban al tejido bajo el cartel Belgrano C.

El bajista cambió su tono de repente porque una nena le dio una curita. Ahora sonaba raro, se exigía tonos imposibles. Sol se había apoyado sobre sus rodillas, acercando lo suficiente el rostro como para quedar a la misma altura que la vieja. Luego de unos instantes de acariciar la lana, le tocó el pelo para sacarle un bichito. —Acá está, mirá lo que tenías cerca de la oreja, casi se te mete —dijo mientras le mostraba un escarabajo dentro de un dije que siempre lleva colgado del cuello. La vieja rió. 

 El bajo me reclamó nuevamente. Un rasguido desprolijo, un tono descolocado en medio de la estación hizo girar a todos los transeúntes. El artista rió, le guiñó un ojo a la criatura. La nena sonrió al ver la curita pegada en su brazo. La vieja abrazó a Sol luego de pararse con esfuerzo, lo supe por el quejido. Todo parecía comunicarse en otro idioma. Y en ese preciso instante una chacarera emergió del fondo. 

La nena aplaudió con su madre mirando hacia donde me encontraba. Un aire caliente como de subte en verano me invadió el cuerpo; lo cierto y raro entonces fue el invierno. 

 De pronto, comenzó a retumbar por lo bajo el eco de los tacos de la vieja, que zapateaba al compás de Sol; mientras ella iba arrastrando por el aire su pollera. Me tardé unos instantes en notar que ni siquiera tenía una. Eran tan orgánicos sus movimientos que ni siquiera recordé cómo había venido vestida: con sus típicos jeans color negro, su top del mismo tono, y aquellas zapatillas cansadas de acumular historias. Que hoy, vibraban al compás de la vieja.

El tren pasó desbocado, sin anuncio, sin freno, sin permiso ni perdón. Todo se calló por un instante.

—Cómo me molesta que tarden tanto —Sol se quejó rompiendo el silencio de nuestra mesa. —Está lleno de gente —le contesté. —Sí, ya me pegaron tres codazos —dijo mientras empezó a golpear nerviosamente las uñas contra la mesa. Se levantó para ir al baño con tal torpeza, que hizo tambalear al vaso de agua que había dejado tácticamente la pareja anterior. Logrando que me caiga justo en la entrepierna.

Se frenó en el acto. Rotaron varias cabezas. Arqueó sus cejas perfectamente acomodadas, mientras sus palmas quedaron de frente; alineadas a la altura de sus ojos tan abiertos como los de un gato. La boca, formaba un arco preciso dejando entrever sus preciosos dientes. Su pecho había quedado desplazado hacia adelante, forzando a sus caderas a resistir haciendo fuerza hacia atrás.

 Estalló de risa. Me golpeó en el hombro mientras se erguía. Escuché cómo se rió todo el trayecto mientras se perdía bajando la escalera. A la vez, una joven Agustina -lo supe por el cartelito blanco, con un corazoncito adornando la letra i que llevaba en el pecho- llegaba con una bandeja, dos cafés, y un sólo corazón hecho con espuma que acomodó prolijamente delante mío. -Querés que te traiga un trapo? Preguntó.


PibedeVictoria

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