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Tentación al horror

Feb 4, 2026

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Tentación al horror
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Dos mujeres se alzaban ante mí, me sentía inferior delante de ellas, sabía que estaba allí para adorarlas. Tal era su belleza que quedé embobada contemplándolas. Con una mirada de templanza, se dirigieron a mí, clavando sus ojos color fuego en mí, inyectándome su esencia. Tan hermosas eran que el mundo se pausó, el tiempo se detuvo y el espacio se consumió, sumiéndonos en una negrura espesa y escalofriante, pero a la vez excitante. Si bien ambas mujeres eran la encarnación misma de lo bello, faltaba una de ellas para lograr mi derrota. Mi corazón bombeaba enloquecido cuando ella hizo su aparición. El calor se desprendía de sus poros, la pasión desbordaba de sus labios. Sus piernas, largas y morenas, danzaban al caminar. Su vientre, adornado con una cadena de oro, se desplazaba de un lado a otro, trazando una curva perfecta. Su pelo, castaño, al igual que el de las dos mujeres anteriores, caía como una cascada por sus hombros, hasta terminar en el tope de sus caderas. Cuando hubo de ubicarse entre ambas, con lágrimas en los ojos y un calor subiendo hacia mi garganta, me arrodille ante ellas.

Desde abajo se veían como tres diosas dignas de ser adoradas, de ser contempladas y alabadas. Las tres dirigieron su mirada hacia mí y, sin emitir palabra, hicieron que mi cuerpo se levantara y fuera tras ellas. En el medio de la negrura divisé algo blanco, como una especie de agujero en la nada. Sin embargo, más tarde comprendería que no se trataba de eso.

Las tres me miraron con expectación y una de ellas, la más baja, estampó sus labios contra los míos. Ardía, ardía mucho. Sentía que mis labios se desintegraban. Mientras ella me besaba, sentí un segundo acercamiento, la segunda estaba detrás mío, dejando rastros de fuego por toda mi espalda. Entre las dos me arrojaron al vacío, y allí caí de una forma espectacular, lo que sea que hubiera debajo era suave, reconfortante y caliente. Inmediatamente sentí un peso encima y al levantar la vista, los ojos de la reina, la más hermosa de ellas, se incrustaron en los míos, haciéndome temblar. Con una sonrisa de lado, sus manos se posaron en mis caderas, mientras que me susurraba algo al oído que no logré comprender. Me sentí impulsada hacia atrás y, ante mí, había una escena que ningún mortal hubiese podido contemplar. Las ropas estaban rotas, como si un león hubiese peleado con las tres mujeres. Poco a poco, y mirándome de vez en cuando, sus cuerpos fueron descubiertos. Mis ojos no daban crédito de lo que veían, estaba tan anonadada que ni siquiera notaba las heridas que tenía en mi cuerpo. Sin darme cuenta, como encantada, me deshice de todo lo que aún me cubría y caminé lentamente hacia ellas. Las tres me observaban detenidamente con sonrisas hermosas que parecían dibujadas por el mejor artista de todos los tiempos. Al sumarme, el dolor se convirtió en placer, sus voces como susurros suaves, me atravesaban y me hacían estremecer. Pronto, también yo hice lo mismo. El movimiento rítmico de sus caderas, el pelo balanceándose de forma simétrica, sus pezones erectos y tan sensuales, sus sonrisas inyectadas en mí, penetrándome. Las entradas bien humedecidas, los dedos entrando y saliendo de sus labios, todo se veía en cámara lenta y yo también me movía en cámara lenta. Algo rojo empezó a cubrirlas, pero a ellas no les importó, al contrario, parecía excitarlas más. Riendo y bailando me miraban extasiadas, quizás eran alucinaciones, quizás veía todo color rojo por el cansancio y quizás simplemente estaba soñando con estas tres mujeres que, por cierto, aparecían con frecuencia en mi mente. Mi fantasía todas las noches consistía en mi encuentro con ellas. Y lo estaba viviendo.

Pero el volcán en mí había erupcionado, mi cabeza estaba destruida, como si mi cuerpo entero y mi mente hubiesen hecho cortocircuito. Me incitaron a levantarme ante ellas y los papeles se intercambiaron. Ahora ellas me adoraban a mí, sonriendo las miré desde arriba y pude ver que mi pecho estaba cubierto de sangre, mis pezones ardían y ni hablar de mi zona interior. Mi cuello, mis brazos y mis muslos estaban repletos de rasguños y quemaduras. Sus besos de fuego me habían quemado tanto, y tanto era el placer que habíamos experimentado, que no me había dado cuenta hasta que me miré. Horrorizada vi sus cuerpos cubiertos de mi líquido, ellas continuaban con su mirada fija, pero su sonrisa se había vuelto maniática. Con delicadeza me recostaron en el agujero y sin decir nada, se retiraron.

Poco a poco me faltó el oxígeno, sentía algo abajo mío, que no era para nada suave, al contrario, era duro y punzante. El olor a rosas que antes habitaba la nada, ahora era un olor putrefacto y hediondo que, misteriosamente, parecía estar debajo mío. Conseguí moverme un poco y vi que no era una cama donde yo estaba recostada, sino cientos de huesos blancos impolutos, como si la carne hubiese sido devorada con deseo y desesperación. Una pila de esqueletos yacía en la negrura de ese abismo y mi cuerpo, ensangrentado y destruido al igual que mi alma, descansaba en la cima. El más novedoso de todos ellos, el más reciente. Mis ojos se cerraron y mi cuerpo se rindió ante el dolor. Un último suspiro subió hacia aquel espacio sin límites. Otra vida ultrajada. Habían conseguido otro trofeo, solo que estaban seguras de que ese sería el mejor de todos.

Tatiana Diederle

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