No es el agua lo que inquieta,
sino la distancia que nos une.
La orilla sostiene un temblor breve,
una forma de estar sin avanzar.
El cuerpo entiende antes,
que no todo impulso pide caída.
Miro el movimiento de las olas repetirse.
Siempre igual.
Siempre distinto.
No hay decisión en esta espera.
Solo una tensión mínima casi invisible
ocupando el pecho.
Dar un paso sería perder la forma.
Quedarse también.
La orilla no elige.
Se forma.
Y en esa forma sin respuesta,
algo insiste en permanecer.
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