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Temor a un tacto ausente

Sep 20, 2024

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Temor a un tacto ausente
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Aterra la profecía de un último contacto. Donde ya no entrelacemos nuestras manos como rompecabezas sin piezas perdidas, donde nuestros hombros ya no se incrusten como cordilleras entre sí, donde tu nuca ya no repose sobre mi pecho como un manto de árboles en un colchón hecho valle.

Qué miedo cuando ya no nos toquemos como nos tocábamos nuestras primeras lunas llenas. El monstruo que acecha debajo de mi cama durante las noches no es uno cornudo, peludo y enorme, es meramente un pensamiento, un “¿y si..?” que azota deseos y promesas.

Qué susto da pensar que ya no nos guste tocarnos ni las yemas de los dedos. ¿Pues a dónde se irá ese deseo cuando ya no lo cosechemos? ¿Lo cultivarás en otro lado? ¿En valles más suaves y joviales? ¿En cerros que te prometan las alturas? ¿En rompecabezas con más piezas que el nuestro?

Me aterra, me da miedo y me asusta que ya no me toques como antes, que ya no me sobes las manos, que ni siquiera me des palmadas en la espalda: único canal de tremores placenteros que tus dedos pintan —o pintaban – . Parece que al rompecabezas de nuestras manos ya le comienzan a faltar piezas; otras, embonan sin embonar, sin juguetear las piezas chuecas y perfectas, ya no se colocan con delicadeza tus dedos entre los míos como antes los armábamos. Nuestros hombros son dos volcanes aislados que estallan silenciosos por cosas que no se hablan, por sentimientos que nunca erupcionan ni se hacen magma y que incendian los pueblos de promesas que viven a sus faldas. El valle que crece sobre mi pecho esta seco y tus árboles ya no lo visitan; falto de lagos y ríos, falto de agua, falto de frescura, quizás; falto de algo que le siga dando vida.

Parece que nuestro tacto se reduce a menos momentos. Los días de caricias y afectos se han tornado minutos de contactos inciertos, inseguros, mentirosos quizás, que ya no hablan como antes pero dicen mucho.

Tengo miedo y no se cómo volver a armarnos, ni cómo mover la tierra para que nuestras colinas vuelvan a ser una cadena, ni cómo atraerte la fauna a mis valles sedientos.

Mi piel muere de asfixia.

Yo muero de tu presencia menguante que no volverá a ser luna llena.

Los senderos que ando en las selvas de mi mente me transportan a los que parecen ser los eones donde nuestras regiones aún se unían con naturalidad, sin brumas, sin grietas, sin vegetación seca.

Respiraré de nuevo tranquilo, oxigenado y de vuelta fresco y verde cuando sepa y comprenda las barreras entre nuestros cuerpos; entenderé quizás porqué tus cervatillos no rumian más en mis pastos o tus peces ya no nadan mis corrientes o tus aves no navegan entre mis nubes.

Viviré cuando agreguemos más piezas a nuestros rompecabezas y nuestro querer lubrique sus ranuras, cuando nuestras montañas formen una sierra que camina unida pese a la neblina que la azota, cuando a mi valle le recorten los pastos pardos cervatillos hambrientos, le naden las aguas peces azules y le surquen los cielos los halcones.

Viviré cuando retornen nuestros dedos a sus nudos, nuestros hombros a su soldadura y tu nuca y mi pecho a su silvestre naturaleza de desearse, como eones atrás lo hacían sin preguntas o temores.

Alonso García

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