Ayer te vi por última vez y hoy no pude levantarme de la cama. Todavía es verano y por mi ventana corre un viento frío y seco y el cielo se siente apagado como si la luna supiera.
Me considero una persona sumamente supersticiosa. No me gusta contar planes, sueños, metas ni pensamientos, no si alguien me responde del otro lado. No me gusta contradecir la imagen de lo que quiero ser, ni perder el control o el temperamento. No cuestiono lo que es correcto o incorrecto, no frente a quienes lo tienen muy claro. Sin embargo, estos días me estuvieron temblando las manos.
Estoy segura de que no estábamos destinados, lo sentía dentro mío como una astilla de la que no te podés deshacer. Se me hizo muy fácil decir adiós a todo aquello que conocía como si la vida entera me hubiera preparado para correr.
Aunque no puedo evitar que me invadan susurros de gritos desesperados, donde de repente puedo verme a mi misma de rodilllas, pidiendo por favor a quien sea que me estuviera escuchando, que me saque de acá.
Rogando que me permita encontrar mi casa, que no me deje perderme entre toda la angustia que me llenaba el estómago y los pulmones. ¿Se habrá reído de mí el universo, cada vez que pensé que no había salida?, ¿cada vez que me dije a mi misma que no soñara tan alto?
Hoy es el séptimo día del año y hace frío. Los árboles están demasiado quietos para mi gusto, mi cuarto está lleno de cajas y no sé que voy a hacer con toda la evidencia de que te sigo queriendo.
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