Cada día, cuando habla
intento pintar un retrato de él con los colores de su voz.
Las sílabas que gotean de su lengua en tonos rosados y verdosos
florecen como un destello etéreo tras mis ojos, pero
siempre es en ese momento en que
siento que me estoy acercando más
cuando sucede.
La sobrecarga sensorial de mi nombre en sus labios,
salpicándose sobre la imagen, y
ese silencio vulgar que deja mi lienzo en blanco
hacen que tiemblen mis manos, hacen que
me desgarre el corazón, que se me apriete, que se retuerza;
porque es casi enfermizo, en realidad,
pero nunca me canso de empezar de nuevo.
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