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Desperte muy temprano esa mañana. La cabeza me zumbaba y los ojos me ardían. Sentía el cuerpo cansado, como cuando se tienen pesadillas. Un ambo celeste impoluto me esperaba en la comoda. Al verlo, soplando el cafe que acababa de servirme rememoré todos mis años de estudios, todas las desveladas, las comidas recalentadas por quedarme estudiando y demorar el bocado hasta comprender un tema, cada una de las caras de mis pacientes fragmentadas y mezcladas en cientos de recortes, su voz diciendo te quiero, una niebla de confusión que me esfumaba la memoria. El tururun de mi celular me hizo notar que estaba saliendo tarde. Apoyé la taza, todavía caliente, y guarde el ambo en una bolsa de tela.

Nueve en punto estaba en la oficina de ingresos del hospital San Carlos. Las luces alogenas daban la sensación de que ya habia estado ahí todo el día. Cuando finalice mi primera ronda de visitas a los pacientes y chequeos de rutina, fui a buscar algo para desayunar. Cada vez que hacía esto, pasaba por donde el se sentaba y, tratando de disimular, lo buscaba. Había algo en el que me resultaba hogar. Cuando fuí a la cafeteria no lo vi, pero al volver, mientras me atoraba con un tostado recien horneado, levantó la mano para saludarme y yo le devolví el saludo con el queso chorreandome por la comisura derecha. Sonó un código azul, y aunque este era mi color favorito, en este espacio se volvia mi enemigo. El desayuno quedo en mi bolsillo por mas de una hora. Mi ambo, previamente inmaculado, se empapo de la grasa del snack atrasado.

Para el mediodia, la guardia estaba en calma y aproveche para acercarme a él. Seguía alli sentado. Al verme, extendió una bolsa de papel madera.

Vi que no pudiste terminar tu sandwich.

Lo miré confunsa

Ayy el sandwich grite llevandome las mmanos, primero a la cabeza y luego lo recorde sacandolo de mi bolsillo. Reimos. Siempre reiamos.

¡Que te trae hoy por acá? mientras desenvolvia mi almuerzo/desayuno

Todas las veces respondia lo mismo

Ya sabes- levantaba los hombros- lo de siempre

La tristeza le inundaba las facciones aun cuando se notaba que se esforzaba por detenerla. Supongo que alguna vez me lo habia contado, pero como no recuerdo ni como fue nuestro acercamiento, suelo asentir como en conocimiento cuando en realidad ni me entero de cual es el motivo por el que el esta siempre ahi, en esa misma silla, durante todo mi turno. Además, como a una guardia hospitalalria rara vez va alguien por un motivo feliz, ¿para que escabar en la mierda? Podría haber sospechado que era un acosador o un familiar de un paciente que estaba enojado y queria hacerme daño, pero realmente me sentía en calma a su lado. Su sonrisa me llenaba de nubes y su mirada, de ilusión. Charlabamos sobre peliculas, canciones, arte o sobre la vida misma. Alguna que otra vez, lo he visto llorar pero he decidido no acercarme. No conozco, o si pero no recuerdo, su situación y al fin y al cabo no somos nada. Aunque debo admitir que su forma de pronunciar "Cielo" genera una especie de deja vu en mi cuerpo entero.

En un momento de la tarde noche cuando yo ya habia terminado mi turno, iba a despedirme de él, que seguía en la misma posición.

Chau, nos vemos mañana

Sus ojos verdes brillosos, la boca contenida en una sola linea, el dolor en su rostro, el movimiento de su mano tomandome de la muñeca y exigiendome "volver a la habitación 102" . Yo sin atisbo alguno de haber estado nunca allí. Y aunque gritará y mis ojos casi se escaparan de mis orbitas, nadie parecía reaccionar a que un extraño hombre llevará a la fuerza a una doctora a una habitación de la unidad de cuidados intensivos.

En la puerta de la habitación, el tiempo parecía suspendido, como en una pausa eterna, como si pendiera de un fino hilo. Las paredes verdecinas de ese cuarto estaban llenas de dibujos para una "Tía". Un peluche azul descansaba sobre el sofa junto a un mesa auxiliar que sostenía mis libros favoritos. La luz era tenue, calida, algo que no es común en un hospital. Con la mano que no me sostenía, abrazo mi cintura, y a pesar de que mi cuerpo me negaba el movimiento, sentí sus lagrimas en mis hombros y un te quiero ahogado susurrado en mi odio. Había oido esa voz tantas veces... La niebla iba y venia de mi mi mente. Levante la mirada y finalmente vi a quien era que visitaba. Recorrí cada aspecto de esa paciente. El pelo oscuro, la piel blanca, el tatuaje de un ancla en la muñeca. Baje la mirada. Nunca había notado que el tambien lo tenía. El lunar en la frente, mi "tercer ojo". Era mi reflejo en carne viva. Era yo pero no era yo. Sentí que las paredes se achicaban. El aire me faltaba y mi corazon latía fuerte.

El estaba expectante, podía sentirlo detrás mio. Esperando un movimiento, una reacción, un simple cambio de bip de las maquinas a las que estaba conectada. La desesperación subia por mis piernas en un impulso de arracarle todo a esa otra yo, pero su mano me contenía, no me dejaba ir. No me dejaba decir adiós. Y cuando la fuerza que ejercia era tan feroz que me hormigueaba la mano, lograba voltearme en busqueda de una señal o un halo de comprensión ante mi falta de la misma pero siempre, aunque a la mañana siguiente no lo recordaría, se me correspondía con un gran dolor de cabeza y un ambo celeste, impecablemente planchado, esperandome sobre la comoda de mi antigua habitación.

Camila rodriguez

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