Existe un argumento perverso esgrimido desde siempre por los malvados que implica suponer que la bondad es inmoral. El bien, en el buen sentido, no tiene que ver con las intenciones sino con la efectiva implementación de un proyecto. Así es como poseemos ese ilustre concepto de virtud (areté) proveniente de la antigua Grecia, donde el bien se deriva de la fuerza, de la potencia, y el macho prevalece como un ser terrible (deinós). Terrible en griego significa también admirable. Lo que produce admiración es la fuerza y la capacidad de destruir. No la creación, no la paz, no la educación: la destrucción. De tal modo, esto ha sido captado por el genio griego, que Homero en siglo VIII a.C. escribió la Ilíada y contrapuso dos tipos de arquetipos masculinos. Al padre de familia, justo, honrado, valeroso y capaz, al troyano Héctor; y al atrevido, fuerte, ágil, violento, ave de rapiña Aquiles. Atestiguamos conmovidos a la dulzura de Héctor para con su hijo y esposa, pero a la postre es Aquiles quien demuestra la areté. ¿Entonces de qué sirve la virtud doméstica cuando un ejercito guerrero te asesina y esclaviza a los tuyos? Dicho un poco banalmente: ¿El amor vence al odio?
Estos son los orígenes del pensamiento heroico, la conducta valerosa, intrépida que se vale de mil argucias (como en Odiseo). No es tanto la fuerza bruta como la capacidad de destrucción. En eso consiste lo terrible del hombre. Y la mujer y los criados aprenden a respetar al señor que tiene el derecho de desatar su ira sobre los suyos. Ellos saben que siempre será mejor inclinarse a un amo bueno, que a un tirano despótico. Por antonomasia el extranjero.
El cristianismo vino a demoler esta cosmovisión. De aquí en más no sería la fuerza sino la piedad lo que regiría la virtud (la virtus de donde proviene vir, varón). Es el agape la forma máxima de amor, la pasión tierna, el cuidado desinteresado de los propios. Y ante este exitismo, este canto al comportamiento pragmático, Dios hace algo inesperado: ¡Se sacrifica! Dios no es violento, no agrede a los enemigos, no devuelve el golpe. En cambio preserva la pureza de su espíritu, y es recompensado en el más allá. Por una inversión de los valores, los débiles devienen los fuertes. Y los viles los virtuosos.
Que use la frase inversión de los valores quizas a usted le suena, y no es para menos, es lo que dice Friedrich Nietzsche cuando demuele a martillazos la moral cristiana e instala una ética del poderoso. Los esclavos han crecido tanto que le roban al fuerte, lo cercan, la carcomen, son chorros, violan la pureza de lo elevado, que por definición es exclusivo, limpio, diferente, distante.
El capitalismo se vale inconscientemente de este criterio sin leer a Nietzsche ni a Homero. Para el capitalismo el fuerte es el que hace, el que genera riqueza, no interesa sus convicciones morales. El fuerte no es el malo, sino el bueno. El bueno es el que produce el bien. Y el bien es el progreso. Mientras que un débil es un empobrecedor. Puede tener las mejores intenciones con su justicia social, pero es un chorro que priva al fuerte de esgrimir su excelencia. El capitalismo demuestra que son los inescrupulosos, los evasores, los explotadores, los violentos, los que hacen la guerra, y nos los supuestamente buenos, lo que generan el poder y la riqueza.
Al margen de la infame falacia porque su gobierno nos lleva a la sumisión, la primarización de la economía, la desindustrialización, la desinversión en capital humano y científico, más o menos esto es lo que afirma Javier Milei: la justicia social es un robo. Es decir, es inmoral. Porque roba a los poderosos que son los que hacen el bien. En términos económicos el balance es claro, explotación de los trabajadores, disminución de derechos laborales, y concentración de la economía, ataques al sindicalismo. En términos éticos también es claro, los discursos de odio vuelven a una lógica viril del violento, donde los débiles se dejan someter por un amo bueno que nos cuide. Afuera lucha de clases, no hay autonomía, no hay igualdad, ni dignidad entre pares, no hay reconocimiento amo y esclavo. Lo que hay es una ética heroica del guerrero despótico, violento pero justo. Y los leones desclasados que no entiendes que están siendo birlados se convierten en violentos peones de la maquinaria de opresión.
Hoy en la apertura del año legislativo Javier Milei destiló odio por todos sus poros. Ensoberbecido y violento, genera un clima de tensión, dando carta blanca a la violencia de los que puedan sentirse, real o ficticiamente fuertes.
Y sí, es peligroso. Pero frente al exceso de individuos violentos, la comunidad organizada es más fuerte. Los lazos colectivos de eso que Freud llamó EROS (amor) deben primar sobre las pulsiones destructivas.

Bonchi Est
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