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Te escribí una carta, no solo no la leíste, llevabas ya años muerta.

Mar 1, 2026

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Te escribí una carta, no solo no la leíste, llevabas ya años muerta.
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Te escribí una carta para decirte lo mucho que te extraño, la envié a tu domicilio, no solo no la leíste, llevabas ya años muerta.

Me enteré por parte de tu vecino, al que le pareció extraño ver una carta en tu buzón, ya que tu domicilio había quedado totalmente abandonado desde hace veinte años que falleciste. En una carta me respondió que tu antiguo esposo se volvió a casar y se fue a vivir con su mujer a otra parte del país, no tuviste hijos con él, no hubo herederos y tu hogar quedó abandonado y decaído desde aquel entonces.
Hace treinta y seis años que no volvimos a hablar desde aquella vez que caí preso. Estuve doce años contando los días y las horas entre rejas y candados. Me movieron a Tapachula donde, al salir, me dediqué al campo y a la pesca. Fui por primera vez a una escuela en la cual aprendí a leer y escribir, así que me contrataron en un escritorio público no muy lejos de la zona. Leer se convirtió en una de mis actividades predilectas, a tal grado que me aventuré a escribir poemas y leerlos en los eventos locales, frente a la plaza de armas de la ciudad.
Mamá y papá fallecieron mientras estuve preso, no tuve oportunidad de volver a Nueva Rosita. Al salir de la cárcel no tenía dinero para regresarme a Coahuila, desde un teléfono público marqué a casa, mi hermano contestó, no querían saber más de mí, hasta siento que fue amable al darme la noticia de que mis padres habían fallecido, me aclaró que para el resto de la familia yo también estaba muerto.
Fue duro pasar mis primeros meses viviendo en la calle, fui acogido en una casa para inmigrantes aquí en Tapachula, por su cercanía con Centroamérica llega mucha gente que intenta irse al norte del país para cruzar a los Estados Unidos.
Me fui ganando la confianza de los encargados y ellos me apoyaron para salir adelante.
Si mis cuentas no me fallan, falleciste en el año en el que yo te enviaba las primeras cartas a la oficina de correos donde trabajaste durante la época de nuestro amor. Supuse que un primer acercamiento por medio de tu trabajo sería lo óptimo después de años de silencio. Al no tener respuesta desistí por un tiempo, para retomar mis textos hace un año, esta vez apuntando a tu antiguo domicilio, ahí donde creciste junto a tu madre. Ahí, donde desde pequeños jugábamos a que nada importaba.

Recuerdo tu fiesta de veinte años, tu vestido azul rey y tu corona de flores, estabas bella como el cielo, resplandeciente como la vida misma. Cerramos las calles del barrio para festejarte con hortensias y guitarras. Tu tío Beto llevó al cerdo mas grande de su establo, rompimos la piñata y uno por uno te sacamos a bailar. En mi turno sonaba la niña de mis ojos, me mirabas, estabas siendo lo suficiente madura para ya hacer tu propia vida, una vida a mi lado.
En mi mente ya danzaba la idea de pedirte que fueras mi esposa, tenía claro que sería un tanto egoísta pedírtelo durante las fechas de tu cumpleaños.
Llegada la noche nos fuimos corriendo a la brecha del horizonte, corrimos nuestros caballos y nuestros autos, lanzamos gallos de pelea, recuerdo cómo tu padre se alzaba victorioso tras ganar una de aquellas apuestas.
Organizamos las carreras de autos, yo manejaba mi primer Toyota, herencia de mi señor padre, mi responsabilidad como el mayor de los hermanos no era más que la de traen pan a la mesa, y ese auto me permitía manejar hasta la ciudad y traer unos cuantos pesos para la comida, y otros tantos para nuestra boda.
Conduje ebrio en aquella carrera, aún lo lamento, estrellé el carro ante la multitud, todo lo eché a perder.
Todo el barrio me sacó a golpes del carro, escuchaba los gritos y lamentos, vi cómo el mundo se abalanzaba ante mi familia culpándola de mi accionar, vi a lo lejos cómo tu rostro se llenaba de lágrimas. Asesiné a tu padre.
Tan pronto recuperé conciencia de lo que había hecho, yo ya estaba en la capital del estado, rodeado de policías y en una extensa fila de presos a punto de ser juzgado; catorce años.
La buena conducta me redujo la sentencia a doce, ya no tenía caso.
No hubo día que no pensará en ti, entiendo que no puedo volver al pasado para resolver mis errores, sería el primero en volver a equivocarme porque así es la vida a veces. A veces no tanto.
Te pesaba tanto estuve preso como cuando estuve en frente al mar pescando. Te pensé en los años donde aún vivías y ahora, dada las circunstancias, con el corazón te digo que te pensé los años donde te creía viva.

Llevas veinte años muerta, yo apenas me enteré este marzo.

H. M. Molina

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