Tatuajes en el alma
A simple vista no tengo tatuajes.
Pero ¿cómo podrían ver los tatuajes que tengo en el alma? ¿Cómo se ven los tatuajes que me hicieron tus besos en cada parte de mi cuerpo?
Recuerdo que, después de ver tantas veces la película A tres metros sobre el cielo, cuando la protagonista se tatuó la H, yo también hice lo mismo con tu inicial, aunque fue con un marcador Sharpie. Pero aquello sobrepasó mi piel. Traspasó mi cuerpo, mi alma, y se instaló para siempre en mí, El día de la letra en mi pelvis te mandé una foto. Quería que supieras que te pertenecía.
Me besaste de los pies al alma. Mi mejor lencería eran tus sonrisas después de cada beso.
No pasaba un día sin recordarte, sin emocionarme por ti, por tu sonrisa y por tu particular forma de enamorarme sin hacer nada extraordinario. Aunque, pensándolo bien, tu sola presencia en mi vida ya era extraordinaria.
No imaginaba la vida sin ti, porque hasta mis poros gritaban: "Te amo".
Desde que te conocí, la vida fue simplemente un fin de semana eterno; una complicidad que nunca había sentido, una libertad que llevaba años deseando compartir.
Amé cada parte de ti. Amé tu luz y amé aún más tu sombra. Amé ver las luces de la ciudad contigo y amé ser nosotros dos sin nadie más: solos en la habitación, en el carro, en la cama y en la terraza.
Pensé que ya no volveríamos a ser dos cuando te dije que te quería tanto como luces había en la ciudad, pero que no podía hacer nada si querías estar con otra persona.
Aun así, nos abrazamos. Y yo, como una niña pequeña, quería quedarme ahí, sin importarme el resto, sin importar lo que habían dicho.
Al principio pensé que ya no querías estar conmigo. Nos íbamos a ir y, en ese momento, la luz que se apagó fue la mía. El último cerillo que me quedaba se consumió y ya no pude seguir fingiendo. Ya no tenía sonrisas para compartir.
Antes de irnos, me besaste.
Me besaste como si me necesitaras. Como si fuera la única forma de hacerme entrar en razón. Como si quisieras decirme que no querías estar con nadie más, que yo te pertenecía y que tú me pertenecías también. Como si me pidieras perdón por no responder todas las preguntas que hago a diario ni seguirle el paso a cada palabra que sale de mi boca.
Nuestro punto medio siempre fue el beso.
Pasé mucho tiempo enamorada de ti. Viviéndote un día a la vez, un beso a la vez, un suspiro a la vez.
En medio de mi desierto estabas tú, con esa sonrisa y con ese amor que me tenías intactos, sin daños y sin terceros.
Fuiste mi película, mi postre, mi canción y mi sonrisa favorita.
Fuiste mi juventud entera.
Y también fuiste un pasado que hoy recuerdo con algo de nostalgia, pero con la certeza de que te amé profundamente y de que, incluso ahora, sigues estando presente.
Terminamos no por falta de amor, sino por falta de madurez. Porque hay cosas que deben hablarse y no ignorarse. Porque preferimos alejarnos y hacernos daño antes que reconocernos vulnerables.
Quiero que sepas que te amé.
Que todavía, de vez en cuando, quisiera volver contigo.
Que a veces siento que tu sombra me acompaña.
Que escucho una risa parecida a la tuya y volteo.
Que aún sé qué te gusta y qué expresión estarías haciendo en determinados momentos.
Y aunque sé que ya no eres el mismo de aquellos años, todavía no he llegado a odiarte.
Hoy es domingo y te extrañé, pero no pude contactarte.
Ojalá algún día, por equivocación, me leas y descubras que sigues siendo un tatuaje en mi alma.
Porque, a veces, como las estrellas, algunos amores también son infinitos, aunque sean fugaces.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión