Para el viento de atardecer estremecido, como se adormecía el vértigo, se reformaban las estructuras
para que el arduo trabajo sedara a todos los cuerpos de barro.
Cual sanar, despidiéndose
la pintura remarcaba su ida de estelas anaranjadas,
dulce crecer, pizcas de rosas y recuerdos de
esmeralda, con su lento celeste en cierre.
Al crecer el desierto de frio, otras luces afloraban,
pupilas destellaban, y Tres Marías siempre.
Ritmos ingenuos en donde la luz nos dejaba, pero frías islas
de quietud: insectos y espíritus del bosque revivieron también las heridas caricias y los solitarios errores.
En el valle del ocaso frío, hundidos, toda humanidad;
Tu silencio, mi labio cortado, mí cigarrillo de hojarasca.
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