Ocupo mi cabeza con ideas falsas
para amortiguar el dolor de tu pérdida
y el dolor de saber que tu corazón
ignora el mío con tanta frialdad
que mis huesos se congelan
y me siento totalmente desnuda
frente a la oscuridad que adornas.
Y me siento tan sola y triste
que lo único que quiero pensar
es que en la última milla del camino
vas a estar ahí
y me vas a abrazar
como solías hacerlo.
Pero me dejas sola
y temblando en la tormenta
que no quiere parar,
y me encuentro gritando tan fuerte,
me encuentro esperando
que digas algo,
porque me muero por dentro.
Y tus palabras
van a callar el dolor
que siento en medio del pecho
y mis latidos cesarán.
Pero no hablás.
No decís nada,
estás tan firme
como un soldado
a punto de ir a luchar
y me siento tan rota
que todos mis pedazos
caen sobre el piso
y mi otra yo
se desespera por recogerlos,
mi otra yo.
Y te veo,
con tu rostro tan sereno
que duele amarte,
duele amarte
de tal manera
que mis huesos se rompen
y todo de mí
se vuelve cristal.
Estoy frente a vos,
pero no querés verme,
no me hablás,
me ignorás,
y la locura comienza
a apoderarse de mí.
Me comporto
como una adolescente patética,
me comporto errática,
muerdo mis uñas
y la sangre comienza a salir
sin cesar,
tal como esa tormenta
que poco a poco
congela todo de mí.
Y vos
estás tan tranquilo,
sereno.
Las otras chicas
mueren por besarte,
las otras chicas
mueren por hacerte el amor.
Pero ellas no saben
que luego de que el reloj
toca las doce,
sos igual que la noche:
tan solitario y triste,
que quizás la lluvia
también nos está mojando
a los dos.
Y los demonios
vendrán a buscarnos.
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