Zeus, jerarca de los dioses, está disfrutando de otro apacible día en la inmensidad del Olimpo. Está sentado en su trono y, en su falda, posa una botella de plástico que está cortando a la mitad con un tramontina. Realiza su tarea con una parsimonia envidiable, porque sabe que no hay ningún apuro, ya que le queda por delante nada más ni nada menos que la eternidad. Se ve que hoy es un buen día para el jefe supremo. Cuando se levanta de buen humor, suele acompañar su labor diaria cantando alguna antigua melodía popular:
A mí me gustan los colores
que hay en la vida para disfrutar,
me gustan todos, toditos los colores…
Pero, así como Zeus puede estar parsimonioso y alegre, basta una pequeña chispa para encender el fuego incontenible de su cólera. Esto lo sabe bien Hermes, el mensajero de los dioses, que llega nervioso y repasando mentalmente el pedido que viene a hacer. Como un alumno que aprende una lección de memoria, Hermes tuvo que preparar minuciosamente lo que tenía que decir; es importante mantener el sumo cuidado en las palabras que hay que dirigirle al dios supremo para que no cunda la ira divina. El mensajero se para delante del trono y se queda en silencio observando la tarea de su congénere, como quien quiere dilatar el momento clave. Zeus percibe la presencia de Hermes y lo saluda afectuosamente:
—¡Hermes! ¿Cómo andái? Llegaste justo que ‘toy por armarme una ambrosía con coca.
—¿Te acordá la ultima vez que cortaste una botella de plástico? Te la agarró el Prometeo y la usó pa’ llevarse el fuego que nos chorió.
—No me hagái acordar de ese otario que me hacé envenenar… ¿Viste anoche el partido de Atenas? Maomeno el base nuevo que trajimo…
Hermes solo asiente ante esta última pregunta.
—No viniste a escabiar conmigo ni hablar de básque… ¿Queloque queré entonce?
—Y… vos viste que soy el Mensajero… y viste que tengo que andar dando mensajes y…
—Pasalo a nafta.
—¡Oh Zeus, el más carteludo de los dioses! ¡Oh Zeus, pulenta entre los pulentas! ¡Oh Zeus…!
—Ya ‘ta bueno. Pará de chuparme las medias y desembuchá.
—Estuvimo’ hablando con el resto de los guasos y las minas del Olimpo y… cómo te puedo decir… Ya sé: no queremo’ laburar más. ¡Eso es! Así de corta te la hago: no damo’ más. Miralo al Hefesto, que tiene las manos tan baqueteadas que no puede ni agarrar el soplete. O a la Atenea, que se cansó de ser la inteletual y se quiere echar en el catre a mirar la tele. Y de mí, qué te puedo decir, ‘toy cansadazo de ir de acá pa’ allá todo el tiempo; sería un golazo si pudiera quedarme en las casas jugando al dominó. En resumen, ‘taría re piola jubilarnos. Vos también, obvio.
—¡Dejá de hablar giladas, querés! ¡Mirá si nos vamo’ a jubilar! Nos debemo’ a nuestro público, quiero decir, a nuestros fieles. Si no respondemo’ las plegarias y todo el queloqué que nos hacen, después no nos dedican más sacrificios. Y en ese entonces, ¿de qué vamo’ a vivir? ¿Del aire? ¿De Padrenuestros?
—Pero, Zeus, ‘cuchame bien: lo tené al Hades ese que tiene los humos re subidos a la cucuza, ‘toy seguro que no se va a querer jubilar. Le dejamo’ todo a él y nosotro’ nos mandamo’ a mudar.
—¡No! ¡De ninguna manera! Andá a sacarlo vos a ese guanaco de ahí abajo donde ‘ta. Ni mamao sube hasta acá arriba… —de repente, Zeus se calla y esboza una sonrisa— ¡Pará, pará! No sabé la ideaza que se me acaba de ocurrir, te juro que ‘ta mortal.
—‘Ta inmortal, querrás decir.
—Vos me entendiste… La cosa es que se me ocurrió algo relacionado con el Heracles, ¿lo junái?
—Má vale, el crío tuyo. ¿Pero no ‘ta en la Tierra ese loco?
—Sí, pasa que es semidiós y eso lo hace ser mortal. Pero no sabé el ganón que tiene de ser un dios completo. Nosotro’ nos vamo’ a aprovechar de eso. Va a entrar a laburar con un amigo mío, el Euristeo. Yo le puedo pedir a ese vago que le encargue al Heracles un par de trabajitos que parezcan imposibles de terminar. Pero, ¡qué van a ser imposibles! Pa’ mi hijo van a ser una papa, un par de changuitas. Igual hay que decirle que son asperazos, que no existe mortal que se la aguante pa’ poder hacerlos y, así, el guaso va a empezar a creérsela cada vez más. Cuando termine de hacer unos cuantos de esos laburos —once o doce— le decimo’ que estuvo joyaza, que nunca vimo’ a otro que se la banque un paquetazo así como él, que un loco así solo se merece subir al Olimpo… Y ahí, zácate, lo ascendemo’ a dios completo. Ahí es cuando nosotro’ nos piramo’ y lo dejamo’ a él solo que se haga cargo de todo.
—¡Inmortalazo! ¡Sos lo más!
—¿Viste? —Zeus no puede evitar alzar el mentón y ostentar la soberbia que lo caracteriza.
—La verdad que alta idea tuviste. Se te prendió la llama olímpica, como se sabe decir. ¿Voy yendo pa’ lo del Euristeo y le voy encargando que piense los laburos pa’l Heracles?
—¿Qué te parece?
Oh Musas, ayudadme a describir cómo Hermes, el mensajero de los dioses, activa las alas de sus ojotas voladoras y huye sigilosamente a cumplir la tarea encomendada. Oh Musas, dadme inspiración para contar cómo el dedo de Zeus, dios de dioses, se sumerge en el líquido oscuro, setenta coca y treinta ambrosía, para revolverlo y luego introducirlo en sus fauces divinas. Oh Musas, no me dejéis mentir a la hora de decir que este, y no otro, es el origen de una de las historias más míticas de la Antigua Grecia: los doce laburos del loco Heracles.
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