Capítulo 1: La casa del número 17
En la calle Roble, al final del camino, había una casa que todos evitaban. No era una mansión gótica ni una cabaña en ruinas, sino una vivienda normal, con paredes color crema y un jardín descuidado. Sin embargo, cada niño del barrio sabía que cruzar su verja oxidada era un error del que nadie volvía igual.
Decían que la casa estaba vacía desde hacía más de veinte años, desde que los antiguos dueños desaparecieron una noche sin dejar rastro. Nadie los había visto irse. Solo encontraron la puerta abierta, las luces encendidas y la comida servida en la mesa. Ni un grito. Ni una pista.
Con el tiempo, la casa fue abandonada, pero las luces... seguían encendiéndose algunas noches.
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Clara, una chica de diecisiete años, se mudó al vecindario con su madre al inicio del invierno. No creía en supersticiones, ni en fantasmas, ni en rumores de pueblo. Le gustaban las historias de terror, pero solo en libros o películas.
El primer día que pasó frente a la casa del número 17, notó que una de las cortinas del piso superior se movía ligeramente. Pensó que era el viento, aunque el aire estaba quieto.
—No mires tanto esa casa —le dijo un anciano que barría la vereda—. Algunas cosas prefieren que no las mires.
Clara sonrió incómoda y siguió caminando. Pero esa noche soñó con la misma ventana y con una sombra que la observaba desde dentro. Al despertar, tenía la sensación de que alguien había estado sentado al borde de su cama.
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Los días pasaron. Su madre trabajaba hasta tarde y Clara pasaba las tardes sola. Cada vez que miraba por la ventana de su habitación, podía ver la casa del número 17 al otro lado de la calle. Y cada vez, juraba que había una silueta en la ventana superior.
Una noche decidió comprobarlo.
Llevaba una linterna y su celular. La verja chirrió al abrirse, y el aire olía a humedad y polvo viejo. Las hojas secas crujían bajo sus pies. Cuando puso un pie en el porche, escuchó un golpe seco desde dentro, como si algo hubiera caído.
—¿Hola? —dijo, aunque no sabía a quién se dirigía.
El silencio la envolvió, hasta que un susurro suave se deslizó desde el interior.
—Ayúdame.
Clara sintió que el corazón se le detenía.
El sonido venía del segundo piso. Subió los escalones con las piernas temblorosas, sosteniendo la linterna como un arma. El pasillo estaba cubierto de polvo, y las paredes mostraban marcas oscuras, como manos embarradas.
La voz volvió a sonar, más clara esta vez:
—Estoy aquí… en la habitación del espejo.
Había tres puertas. La del medio estaba entreabierta. Clara la empujó lentamente y la linterna iluminó un cuarto vacío, salvo por un gran espejo colgado en la pared.
El espejo tenía algo extraño: reflejaba la habitación… pero no a ella.
No había reflejo. Solo el cuarto vacío.
Se acercó, confundida, y levantó la linterna. Entonces vio algo moverse dentro del espejo: una figura, pálida, sin rostro, parada justo detrás de donde ella estaría.
El aire se congeló.
Dio un paso atrás, pero el reflejo se acercó. Y en el vidrio aparecieron letras escritas desde el otro lado, como con la punta de un dedo.
“NO DEBISTE ENTRAR”
El espejo vibró y se agrietó. Una risa distorsionada llenó el cuarto, una mezcla entre un llanto y un grito. Clara corrió, bajó las escaleras, pero las paredes parecían moverse, alargarse, cerrarse sobre ella. Cuando finalmente salió por la puerta principal, el aire nocturno la golpeó en la cara y todo volvió a estar en silencio.
Corrió a su casa y no volvió a mirar atrás.
Pero cuando llegó a su habitación, exhausta, vio algo que la hizo gritar:
En su espejo, el del tocador, había una grieta idéntica a la del otro.
Y en letras temblorosas, escritas desde dentro, podía leerse:
“AHORA VIVIMOS CONTIGO.”
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Al día siguiente, la madre de Clara llamó a la policía. La casa del número 17 estaba completamente vacía, sin huellas, sin rastro de entrada reciente.
Solo un espejo roto, y en el suelo, una huella descalza marcada en el polvo.
Clara dejó de hablar del tema. Pero a veces, en las noches más silenciosas, su madre jura escuchar una voz susurrando desde el cuarto de su hija.
Una voz que no es la de Clara.
Una voz que repite, con calma inhumana:
“Ayúdame…”

Lily
En este espacio personal mis pensamientos, sentimientos y la naturaleza se desarrollan y crecen juntos.
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